¿Se imaginan empezar una remodelación en su casa y, de repente, encontrarse con una apertura que les conduce nada más y nada menos que a un conjunto arquitectónico de galerías subterráneas con más de doce siglos de antigüedad? Seguro que no. Pero si residen en un lugar como Roma o Mérida, donde el casco antiguo tiene un 95% de tener en el subsuelo los restos de una ruina romana o medieval, seguro que no resulta tan descabellado como parece. Lo malo de este tipo de encuentros con el pasado histórico puede resultar un tanto engorroso y que desde la dirección de Patrimonio Histórico le nieguen la remodelación de su hogar y se lo precinten para pasar a formar parte de la catalogación de monumentos históricos de la ciudad, visita incluida de curiosos y turistas.

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Aunque seguro que lo narrado párrafo arriba tiene un trasfondo de realidad, bromas aparte, la cara del hombre que descubrió bajo su casa las cuevas de Derinkuyu, allá por el año 1963,  debió de ser no sólo de sorpresa sino más bien de desconcierto. La Capadocia está llena de conjuntos de casas-cueva o cuevas habitables donde sus habitantes realizaban la vida diaria sin necesidad de salir a la superficie y tener el contacto suficiente con el mundo exterior. Es más, muchas de ellas han llegado a crear entramados tan complejos que forman auténticas ciudades unos cuantos metros bajo el suelo que pisamos.

¿Cómo era posible vivir en esas condiciones bajo tierra? Una de las ventajas la constituía el terreno de piedra volcánica sobre el que se levanta, un material muy fácil de modelar y excavar que permite una mejor ventilación de los vanos. Las continuas invasiones de los pueblos extranjeros llevaron a los habitantes de la región a refugiarse en las cuevas cercanas a sus hogares y al descubrir la ligereza de este material y la posibilidad de poder habitarlas decidieron trasladarse a ellas. La versatilidad de estas gentes permitió crear todo tipo de estancias dentro del terreno, desde establos, graneros, bodegas, bares, cisternas de agua, salas para liturgia, cocinas, incipientes baños…  incluso los pozos de ventilación que distribuyen aire limpio por todo el conjunto.

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Además, tampoco olvidaron el aspecto defensivo del lugar. Para ello organizaron puntos de bloqueo de los pasadizos para evitar invasiones en el caso de que fueran descubiertos y quedar así aislados del peligro. Incluso algunas de estas ciudades se conectaban entre sí a través de varios kilómetros de recorrido para poder huir en caso de emergencia. Así es como la ciudad de Derinkuyu estaba conectada con las cercanas casas-cuevas de Kaymakli.

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Sin embargo, de la noche a la mañana los habitantes de esta región dejaron de habitar las cuevas. Se desconoce el motivo que lo propició y los investigadores siguen estudiando el conjunto y los niveles más profundos del recinto. Muchos de ellos llegan a los 85 metros bajo el suelo y se intenta averiguar si todos los niveles eran habitables o solo los más superficiales, en torno a los 8-10 metros de profundidad. Tal vez alguna que otra sorpresa se han podido encontrar los investigadores pero lo que es seguro es que estos lugares constituyen todo un ejemplo de vida en común que desde hace 3.000 años se venía practicando en nuestra civilización.