Etiqueta: Turquía

¿Te gustaría ver cómo funciona tu cerebro?

Uno de los órganos vitales del cuerpo humano, que sigue siendo hoy día un gran desconocido para la ciencia, es el cerebro. Su aspecto blando y sus ondulaciones todavía siguen guardando muchos secretos sobre cómo coordina y dirige el resto de respuestas vitales, gracias a ese complejo entramado de redes neuronales que alberga.

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El orfelinato: el GIF artístico turco con marca propia

Ya se sabe que sin los GIFS, el mundo de Internet y las redes sociales sería triste y vacío. ¿Cuántas veces nos han enviado alguno que nos ha hecho estallar en carcajada o soltar un “¡Oh!” de admiración?

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Coge tu sombrero y póntelo

El uso de complementos para cubrirse la cabeza se remonta al siglo XVI. a.C., ya que en las pinturas de las tumbas tebanas en Egipto aparecían hombres con ornamentos característicos en la cabeza. Fue en la Grecia del siglo V a.C donde los cazadores usaron por primera vez los sombreros con alas para refugiarse del sol y de la lluvia.

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Sin embargo, no fue hasta el siglo XIV, en vísperas del Renacimiento, cuando nacieron los sombreros propiamente dichos. Las formas y materiales de estos variaron mucho entre países, logrando alcanzar gran popularidad en toda Europa, sobre todo aquellos que hechos de fieltro. Además, era este complemento el que permitía diferenciar las distintas clases sociales y rangos culturales. A finales del siglo XVI fueron los turcos los que también empezaron a usar el fieltro característico de sus alfombras para hacer sombreros.

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Desde el siglo XVII Francia se convirtió en el centro europeo de la moda, donde empezaron a llevarse las pelucas. Por ello, los sombreros se empezaron a llevar mucho más grandes y con alas más anchas. En 1978, la Revolución Francesa consiguió acabar con las pelucas pero no con los sombreros.

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Con la llegada del siglo XIX y el triunfo de la burguesía nacieron nuevos diseños. En Francia se popularizó el de copa y en Inglaterra el bombín. Con la invención de la máquina de coser Singer a mediados de este siglo, el sombrero pasó a convertirse en una industria.

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Hoy en día, hemos pasado a relacionar el sombrero con el verano, el sol y la playa… pero esto es tan solo una mala costumbre con la que debemos acabar. Existen de todos los tipos, tamaños, materiales… y, por ello, podemos usarlos en cualquier estación del año.

Además, ya no es solo una cuestión de moda y estilo, sino que este es un complemento para calentarnos la cabeza en el invierno y protegerla del sol durante el verano.  Ya hemos hablado otras veces sobre la importancia de protegernos el rostro del sol todos los días del año. El uso del gorro es una buena solución para filtrar el exceso de radiaciones solares tanto en el cutis como en los ojos.

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De ahora en adelante, ya no tienes excusa ¡coge tu sombrero y póntelo! 

 

Una lección de historia a pie de calle

La verdadera historia de un pueblo o una ciudad se encuentra escondida en sus propias calles. Cualquier trazado urbano puede dar una idea sobre el pasado histórico de un lugar echando un simple vistazo sobre su mapa. Pero existen otras muchas formas de mantener vivo el recuerdo de un lugar, ya sea a través de nombres de calles, de edificios monumentales, museos, fotografías… Una de las formas más comunes suele ser a través de la realización de esculturas que evocan un momento de gran importancia para un lugar o de algún personaje popular ligado a la vida del mismo. Muchas pasan desapercibidas, otras son reconocibles a simple vista, las más famosas son visitadas por los turistas. Pero, sin duda alguna, las mejores son las que traen a la memoria el recuerdo colectivo de un pueblo unido ante el dolor y la adversidad, ante la alegría y el júbilo, que no olvida que ese pasado les ha llevado a un futuro actual cuyas generaciones se sienten agradecidas por tanto esfuerzo, sacrificio y lucha.

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Paseando por las calles de Dublín se puede topar con las figuras de Rowan Gillespie, un tanto sobrecogedores e impactantes. Durante el año 1845 y 1849, Irlanda vivió la conocida como Gran Hambruna, un periodo en el que se sucedieron varias plagas que destruyeron el cultivo de patatas, junto con un sistema de explotación agrícola inhumano y una política inglesa poco favorable llevaron a la población a una catástrofe en todos los sentidos, tanto demográficos, sociales, políticos como económicos. Las impresionantes figuras realistas del artista irlandés  muestran el resultado de esos años de debacle y la situación de las clases obreras y campesinas que no tenían nada para comer. Esculturas broncíneas decrépitas y delgadas, rostros enjutos y cadavéricos, ropajes desgastados y raídos, niños desfallecidos o muertos, en el peor de los casos. Irlanda no olvida ni su historia ni su pasado.

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En la ciudad de Cracovia, muy cerca de la fábrica del famoso Óscar Schidler que salvó tantas vidas durante el Holocausto nazi, se encuentra el gueto judío creado durante la Segunda Guerra Mundial. En él se puede apreciar unas esculturas muy curiosas. Unas sillas metálicas se distribuyen por la gran plaza Bohaterów Gettase con una única finalidad: homenajear a la población judía polaca que fue enviada a este gueto y que, desde aquí, se trasladó al campo de exterminio de Auschwitz o Belzec para ser exterminada. Estas sillas representan el momento en el que los soldados nazis sacaban todos los muebles de las casas del gueto para comprobar que ni incluso los bebés quedaban escondidos en ellas.

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Una cara más amable muestra una serie de figuras que se encuentran a orillas del río Singapur, cerca del puente Cavenagh, en la ciudad de Singapur. “People of the river” son un conjunto de esculturas que muestran las costumbres de la población primitiva que se instaló en la ciudad singapurense, desde el siglo II de nuestra era, y, entre ellas, se encuentras estos niños que disfrutan del juego y del baño en la orilla del río. Alegría, gozo y diversión que se mezcla con el realismo broncíneo que lo representa.

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Viajando por Bratislava hay que estar muy atento por dónde se pisa. En el suelo de la calle Panská puede encontrarse, por sorpresa, con una alcantarilla abierta y de ella saliendo una simpática figura de un hombre, bautizado como el fontanero Chumil. Con ella, la población eslovaca recuerda el periodo de la Segunda Guerra Mundial cuando la población tenía que esconderse de los bombardeos y el asedio nazi en el sistema de alcantarillado de la ciudad.

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Por último, en la ciudad turca de Eceabat se levanta uno de los tantos monumentos que conmemoran la batalla de Galípoli o de los Dardanelos. Durante la Primera Guerra Mundial, las tropas francesas y británicas intentaron invadir y tomar el Imperio Otomano a través de los Dardanelos, con el fin de ayudar a las tropas rusas en su avance contra las potencias centrales, constituidas por el Imperio Alemán, el Impero Austro-húngaro y el Imperio Otomano. El resultado fue a favor de estas últimas gracias a la rápida respuesta del ejército otomano. Las figuras de los combatientes están realizadas a tamaño real y recrean la batalla con gran crudeza.

Comprimir la inmensidad de Estambul en un grano de café

El encanto multicultural de sus calles, su aroma mediterráneo, una densa historia que recoge su experiencia como cuna de distintas civilizaciones y un carácter inspirado en los dos continentes en los que se asienta dotan a la ciudad de Estambul del poder de embellecer cualquier lienzo dedicado a plasmar los detalles de esta hermosa ciudad. Esta afirmación cobra aún más sentido al analizar las colosales obras, en miniatura, de Hasan Kale. Este ‘microartista’ de ‘macrodestreza’ es capaz de comprimir con maestría la inmensidad de las panorámicas más extraordinarias de la capital turca en un simple grano de arroz o café.

Semillas, cáscaras, judías, almendras, chips de plátano, pipas y hasta escamas de pescado son inusuales lienzos que se prestan fácilmente bajo sus manos a representar diminutas panorámicas de su tierra natal. Este artista, que comenzó a pintar desde la niñez, interpreta bajo su personal perspectiva el rico bagaje histórico y cultural de Estambul desde una visión contemporánea, según explica en su web.

El tamaño es su desafío y reducir la esencia de la belleza, un objetivo cumplido, sin lugar a dudas. “Las cosas que habitualmente vemos pueden convertirse en algo invisible”, afirma. Ése es el punto de vista más importante de unas obras: logran atrapan con minuciosidad y detalle la inmensa fuerza artística del arte y la cultura de esta ciudad en reducidos lienzos.

El Estrecho del Bósforo, mezquitas, minaretes y la majestuosa Santa Sofía de Constantinopla o Hagia Sophia –rubricada por el paso de distintas religiones y máxima expresión de ese título de crisol de culturas que ostenta Estambul-  se comprime hasta su más sutil esencia en estas pequeñas obras. Su belleza pasa a ser un valor oculto en una semilla o una palomita de maíz, que pasa desapercibido ante las miradas furtivas pero que crece inconmensurable ante aquellas que se empeñan en descubrir la enorme belleza que esconden.

Algunos de ellos no se perciben sin el uso de una lente de aumento, como el retrato del sultán Sultan Süleyman. Sin embargo, no sólo utiliza ingredientes y alimentos para plasmar sus minuciosas obras, ya que en ocasiones utiliza otros singulares lienzos como las alas de mariposa, medicamentos,cerillas y pinchos de cactus.

Este increíble nivel de detalle, altamente cuestionado quizá por algunos por la habilidad que refleja, queda patente y ajeno  toda duda en los diversos vídeos que el artista ha grabado y que revelan la destreza que narran sus obras selladas a base de infinitesimales pinceladas y un dedo como paleta.

Técnicas pictóricas en miniatura, luces que definen al detalle las formas y un pincel de punta fina que traza una precisión casi quirúrgica, son las claves de unas obras que homenajean con suma habilidad a la otrora Bizancio y Constantinopla.

‘Food art’ a lo geométrico

Frutas y verduras. Una cámara fotográfica. Unas instantáneas. Y ya tenemos una serie dedicada al arte de la comida. El artista turco Sakir Gokcebag ha sucumbido a la tendencia de experimentar con elementos comestibles que, desde hace un par de años, son utilizados como forma de expresión.

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Siguiendo la tradición oriental islámica de crear obras figurativas, a través de objetos geométricos y nunca de representaciones humanas, Sakir nos ofrece una serie de piezas utilizando algo tan cotidiano como la fruta y la verdura. Desde judías o pimientos, pasando por sandías o manzanas, este turco consigue recrear cenefas y motivos representativos que evocan el mundo árabe y recupera todos esos elementos artísticos en los que se encuentran presentes: celosías de madera que cubren ventanas, cúpulas decoradas con mocárabes en yeso que muestran figuras geométricas, figuras vegetales que podemos encontrar en capiteles de columnas talladas al trépano… Toda una muestra de singularidad y creatividad que roza lo efímero.

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