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Andrea Bricco, la naturalidad convertida en ‘food art’

Sus instantáneas logran captar, con una delicada mezcla de sutileza y realismo, amables paisajes comestibles que se posan de forma natural sobre el plato. Las minimalistas composiciones culinarias de la fotógrafa Andrea Bricco se ofrecen a nuestros ojos -y bajo su personal objetivo- como un espectáculo más visual que meramente gastronómico.

En diversas ocasiones hemos mostrado en Malatinta la habilidad de los artistas culinarios para transformar los platos en hermosos lienzos en los que dar rienda suelta a su destreza y creatividad, como Yann Bernard Lejard, el pintor de emociones culinarias o las originales formas del Mukimono. Al igual que todos ellos, Bricco ha sido capaz de plasmar una subjetiva seña de identidad en sus composiciones.

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Fotografía, gastronomía e ilustración se fusionan en las creaciones  de esta artista que se volcó en su pasión tras descubrir su vocación en los restaurantes de su familia en su Wisconsin natal. Una vez cautivada allí por el arte de la presentación de la comida, decidió pasar a desarrollar esta inquietud en la publicidad y en diversas publicaciones impresas.

Desde entonces, Andrea ha plasmado con su cámara bellas composiciones gastronómicas en los mejores y más relevantes restaurantes del sur de California, como Spago, CUT, Bestia, Tar & Roses, Rustic Canyon, Alma o Din Tai Fung. Además, GQ, Angeleno, Los Angeles Magazine y Art Culinaire son sólo algunas de las publicaciones en las que ha mostrado sus paisajes gastronómicos y viñetas culinarias marcadas por la sutileza, el color y la sencillez.

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Para esta fotógrafa es la óptima mezcla de historia y honestidad el objetivo final que busca en sus instantáneas y para ello, utiliza diversos ámbitos y herramientas, tal y como queda reflejado en las diversas series que ha creado y que sitúan como protagonistas desde la deconstrucción de platos o la incorporación de la ilustración.

En ocasiones, esta artista afincada en Los Ángeles ha aderezado sus creaciones con el ingenio de otros artistas como con la ilustradora Alicia Buszczak y la estilista culinaria Diana Perrin. También desarrolla proyectos para McDermott Management, una ‘agencia boutique’ creativa que cuenta con artistas y clientes de todo el mundo y con experiencia desde hace casi dos décadas en Londres, París, Berlín, Nueva York y Los Angeles, entre otros.

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Destacan, entre ellas, la centrada en el continente y no tanto en el contenido o la que quizá sea su serie más distintiva, basada en las estaciones de año: cuatro bellas creaciones en las que se plasman a la perfección y con una sorprendente sencillez el alma de cada temporada con sutiles elementos que rememoran hojas secas, nieve, sol… Cada sencillo detalle que aporta esta artista embellece aún más sus admirables instantáneas.

 

El arte «hambriento» de Sara Zin

Una artista “hambrienta”. Así es como se define Sara Zin después de presentar su último trabajo pictórico. Alguno pensará que su faceta como pintora no le da como para llevarse algo a la boca. Nada más lejos de la realidad. Estas obras recogen la época de estudiante y de primeros años de vida profesional en la que dedicaba tanta fuerza a su trabajo artístico que a menudo se olvidaba hasta de comer.

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Nacida en Seúl, Corea, Sara creció en la ciudad de Nueva York. En Detroit comenzó a estudiar ilustración, pintura y diseño. Tras graduarse en la Universidad de Washington, empezó a exhibir sus trabajos en la galería Pacini Lubel, donde recibió su primera beca que la llevó hasta la Costa Oeste para exponer sus obras.

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Zin reconoce que, como la mayoría de los estadounidenses, creció comiendo comida basura. Las frutas y las verduras eran platos ocasionales. Cuando llegó a la Universidad, sus principales comidas tenían como alimentos principales fideos precocinados y platos de microondas. En definitiva, una comida poco sana y nada equilibrada. Sin embargo, ahora se encuentra en un momento de preocupación por la salud y, sobre todo, la alimentación. Por ello, ha decidido crear una serie pictórica, realizada con acuarelas, que ha titulado Starving Artist.

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Un bache en su salud le llevó a enfermar física y psicológicamente, teniendo que abandonar la ciudad de Nueva York y su labor pictórica. Ella misma reconoce que la cocina nunca fue su fuerte. Tampoco le despertaba ningún tipo de interés. Así que, después de verle las orejas al lobo, aprendió a cocinar y decidió que la mejor manera de expresar todo este proceso de recuperación era a través de su obra. Quince son los lienzos que ha realizado hasta entonces, aunque tiene pensados plasmar muchos más.

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Estos bodegones incluyen platos de todo tipo, desde galletas de avena, ratatouille, alcachofas rellenas, ensaladas, carnes, pasteles… Gracias a este proceso, Sara ha aprendido que la cocina es todo un “arte” y que, al igual que durante la creación de sus obras, se necesita de tiempo, amor y paciencia para poder llevarla a cabo. Está claro que las mejores obras surgen de los momentos más críticos en la vida de todo artista. Sara Zin necesitó vivir una situación límite para entender que la vida y el arte van cogidas de la misma mano.

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