Durante el Romanticismo, el paisaje se convirtió en uno de los grandes géneros pictóricos por excelencia. La espectacularidad de las grandes cadenas montañosas, los paisajes boscosos, los icebergs de las zonas bálticas, los acantilados, los paisajes nevados… cualquier elemento de la naturaleza considerado sublime era digno de ser retratado. El contacto del ser humano y la naturaleza se convertía en un acto de necesidad, donde el hombre recapacitaba sobre su lugar en el mundo. En el siglo XIX, la grandiosidad del paisaje natural infunde respeto. Pero el hombre actual del siglo XXI siente una necesidad indómita de someterla. Y algo parecido es lo que ocurre en el artículo de hoy.

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