¿De qué hablamos cuando nos referimos a películas de dominio público? Son aquellas cuyos derechos o copyright, han vencido tras largos años y no se han renovado, bien porque ya eran demasiado viejas o porque las productoras no estaban interesadas. Hay miles de películas que han pasado a ser patrimonio cultural, todas recogidas en la página web archive.org, libres de derechos y subidas legalmente para ser dercargadas de forma gratuita. El banco reúne un total de 5.000 películas (comedia, terror, cine de culto, mudo, Noir…) y los seguidores de Charles Chaplin están de enhorabuena porque podrán disfrutar de sus primeros cortos y de la película ‘El Vagabundo‘. Estos son algunos ejemplos:

‘Metrópollis’ (Fritz Lang, 1927)

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‘La parada de los Monstruos’ (Tod Browning, 1932)

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‘Los 39 escalones’ (Alfred Hitchcock, 1935)

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‘El último hombre sobre la tierra’ (Ubaldo Ragona, Sidney Salkow, 1964)

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También podemos ver grandes joyas del cine en YouTube para disfrutar del glamour de Hollywood en su época dorada, clásicos que, fuera del dominio público, son de visionado obligatorio. Desde Malatinta recomendamos:

‘Rebeca’ (Alfred Hitchcock, 1940)

rebecaUn clásico ente los clásicos del maestro del suspense, la frase entre las frases “Anoche soñé que volvía a Manderley.” Fue su despedida, la última película rodada en inglaterra, después llegaría Hollywood. Ese año ganó el Oscar convirtiendo a ‘Rebeca’ en una de esas joyas que desearías ver una y otra vez. Los años no pasan, podría ser estrenada mañana en cualquier festival de cine europeo de prestigio y causaría el mismo impacto. La utilización de la luz y la atmósfera de la casa de ‘Rebeca’ son una auténtica delicia. José Luis Garci describió la película como un cuento de hadas en tres actos; la primera parte una divertida comedia; la segunda nos introduce en Manderley, en la atmósfera de tensión que se respira y va creciendo a medida que avanza el film; y por último el juicio, el desenlace final, donde nos dan todas las explicaciones.

Maximilian De Winter (Laurence Olivier) aristócrata inglés, dueño de Manderley y viudo de la difunta señora De Winter (Rebeca) visita Montecarlo y conoce a una joven sin nombre (Joan Fontaine), que es el extremo opuesto a su anterior mujer. Entre ellos surge el flechazo y se casan en un arrebato. Evidentemente ella es de clase baja, es una chica humilde, algo modosita, nada creída, un poco frágil… Y sin comerlo ni beberlo, comienza a ocupar el papel de esposa y a vivir a todo lujo en Manderley, siempre bajo la sombra de la antigua señora De Winter, la perfección hecha persona, la clase, la verdadera dueña. Cuando la antigua Señora De Winter (Rebeca) vivía en la casa, hacía las cosas mil veces mejor que ella. Y para que a la Fontaine no se le olvide, el ama de llaves (Judith Anderson, perturbadora y espectacular) está allí para recordárselo en cada detalle. “La señora lo hacía así… la señora lo hacía asá…” que te dan ganas de mandar a la señora a freír espárragos. A todo esto, el señor De Winter esconde algo que tiene que ver con la misteriosa muerte de Rebeca.

‘Recuerda’ (Alfred Hitchcock, 1945)

recuerdaLa fascinación de Hitchcock por el psicoanálisis de Freud y el surrealismo, convergen de forma magistral en ‘Recuerda’. Tanto es así que, el mismísimo Salvador Dalí, diseñó el famoso sueño del protagonista, una de las escenas más recordadas. La película es un mar de dudas e intrigas por las cuales debemos movernos casi con los ojos vendados: ¿Quién es ése hombre con el bello rostro de Gregory Peck? ¿De dónde viene? ¿A qué se dedica? ¿Qué hizo y qué le atormenta? Él no sabe las respuestas, tú menos aún, que te sientes como la Bergman, enamorada hasta las trancas de Peck, a pesar de haber sido acusado recientemente de asesinato. Con una confianza ciega, ella trata de salvarlo de las autoridades con ayuda del psicoanálisis, porque a él le dan venazos y pampurrias cada dos por tres, se pone malo, le cambia hasta el ánimo. Hitchcock no era especialmente partidario de los flechazos a primera vista en el cine. Pero también es difícil resistirse a los encantos de un chulazo. Un chulazo que duerme en el piso de arriba, un chulazo con la clase, la espalda, la sonrisa, la nariz y los ojos de Gregory Peck. Por eso la Bergman se levanta a media noche con la excusa de ir al baño (o lo que sea), pasa por delante del despacho de Peck y contempla en silencio la luz que escapa por debajo de la puerta, la luz que confirma que aún está despierto. Ahí es cuando a ella la tiemblan las canillas, se encuentran en un apasionado abrazo, se funden en un beso de tornillo, y por sus ovarios, éste hombre es inocente de todo cargo.

‘El apartamento (Billy Wilder, 1960)

apartamantoUna obra maestra, una genialidad, una película imprescindible. Con gran sentido del humor y dotada de una extraña tristeza que tiene que ver con el inicio de la década de los 60 y la vida frenética de Nueva York, es una tragicomedia sobre el ser humano y éso que llamamos soledad. Si conocemos a Woody Allen por ser un romántico empedernido tras toda esa capa de cinismo, es porque antes hubo otro; Billy Wilder y su apartamento. Un apartamento que pertenece a Jack Lemmon y del que apenas hace uso. De momento no es más que un eslabón en una empresa de seguros y su mayor deseo es conseguir un ascenso. Obligado a prestar el dichoso apartamento a sus jefes (todos con amantes secretas), no tiene ni idea de que, la simpática ascensorista que empieza a hacerle tilín, sale con uno de ellos. En esta aventura romántica que destila ternura, también nos acompaña Shirley MacLaine, que está enamorada de un canalla y cansada de ser su entretenimiento. La película tiene escenas divertidísimas; cuando Lemmon organiza la agenda o el baile que comparte con una desconocida ‘mejilla con mejilla’ en un bar el día de Navidad. ¿Y qué sucede cuando el protagonista disfruta al fin de su apartamento? Que vemos a un Jack Lemmon frente a un plato de comida precocinada sin más compañía que el televisor.