Las pinturas denominadas “vistas” de una ciudad o de un monumento concreto fueron muy apreciadas durante el Barroco. Muchas de ellas servían para captar espacios y escenarios aislados para incorporarlos a obras mayores donde quedaban relegados a un segundo plano. La invención durante el siglo X de la denominada “cámara oscura” supuso un gran avance para la el campo de la pintura al proveer de imágenes mucho más potentes que el natural a los artistas que estaban interesados en los detalles y que las lentes de aumento permitían captar. Grandes artistas la utilizaron para capturar las vistas de ciudades como Delft, Venecia, Roma, Northumberland, Londres… y plasmar sus edificios y paisajes más emblemáticos y característicos, así como comprobar cómo han ido cambiando a lo largo de los siglos. La artista a la que dedicamos el artículo de hoy también es heredera de ese gusto por las ciudades y sus cambios de fisonomía, pero sobre todo por la arquitectura.

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Maja Wronska  nació en Polonia en 1989 teniendo muy claro que la arquitectura era su camino a seguir. Pero muchas veces cuando uno quiere hacer algo también se da cuenta que se le da bien alguna actividad complementaria. Cuando Maja estudiaba en la Universidad de Varsovia la pintura era una técnica complementaria a su formación como arquitecta. Dos años estuvo lidiando con los pinceles para poder sacar a la luz diseños arquitectónicos y proyectos que le exigían desde el resto de asignaturas. Pero como todo en esta vida está interrelacionado, y muchas veces te llevas grandes sorpresas, tuvo que alternar su pasión por la arquitectura con sus buenas dotes para la pintura.

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La artista polaca ejerce como arquitecta profesional pero trabaja como ilustradora freelance en sus ratos libres. Sus acuarelas han sido las más reconocidas a nivel de redes sociales pero también el dibujo a lápiz es uno de sus fuertes. La mayoría de las veces la arquitectura aparece como el tema central de sus composiciones pero bajo una mirada muy propia. Muy conocidos son los paisajes icónicos de ciudades como París, Praga, o Londres, donde muchos de sus monumentos o edificios emblemáticos son reconocidos por el observador que las identifica con un simple vistazo. El aura de ensueño y la propia interiorización de la artista le otorgan a estas pinturas un halo de melancolía muy característico.

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Actualmente ha realizado una serie sobre la ciudad polaca de Poznan, una de las más antiguas del país y que ostentó el título de capitalidad durante varios siglos. En ella la técnica de la acuarela deja ver un perfecto control del dibujo a través de los pinceles y del dominio completo del mismo. Se observa un trabajo meticuloso y perfeccionista, con una mezcla de colores variados, sutiles e irreales que permiten fijar la mirada sobre aquello que la artista quiere mostrar.

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Una obra única y con un sello personal muy peculiar, que ensalzan a esta joven y carismática artista como una futura promesa tanto del mundo de la pintura como del diseño.