La pintura «escondida» de Martin Frost

Encontrar un buen libro y disfrutar de su lectura es una de las máximas durante la época vacacional. No sólo se trata de entretener la mente durante el tiempo libre para pasar el rato. Más bien es la búsqueda de un argumento que pueda engancharte y hacerte desconectar de todo lo que te rodea, que llegue a sumergirte por completo dentro de la trama y te deje fascinado y con ganas de más cuando lo terminas.

Los libros se convierten así en algo más que un mero pasatiempo. Si a ello se le añade una excelente encuadernación y una decoración fascinante, el resultado puede ser el libro que más hayas disfrutado en tu vida. Algo parecido ha debido de pensar el pintor inglés Martin Frost. El artista ha querido que cada libro que pasa por sus manos se convierta en algo inolvidable, único e irrepetible. La decoración de libros se convirtió en su pasión. Y ya se sabe que las pasiones son buenas mientras uno sea dueño de ellas. Y Martin Frost ha sabido dominarlas para hacer de la pintura un complemento perfecto de la lectura.

Recuperando el antiguo arte de decorar los bordes de los libros, que fue muy popular desde mediados del siglo XVII, Martin Frost crea verdaderas obras pictóricas que no son observables a simple vista. Los bordes aparecen dorados si los observamos con el libro cerrado. Pero si el libro se abre y unimos los bordes, inclinándolos a derecha o izquierda, aparecen preciosas imágenes que el artista ha realizado sobre el mismo.

Unas veces, puede aparecer una sola imagen. Otras veces, pueden ser dos. De lo que no hay duda es que Martin Frost ha sabido encontrar la manera de hacernos llegar una tradición artística hoy perdida. Los libros se enriquecen con sus dibujos y se convierten en algo más que una obra literaria. La pintura consigue así hacer mucho más curiosa y divertida el arte de las letras.

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2 Comentarios

  1. Marcos

    Creo que esto nos da más la razón a los que pensamos que no hay como un libro impreso.
    Ya he probado (leído) quizás una docena de libros electrónicos, pero además de no poder concentrarme en un ciento por ciento no siento lo mismo que al tener un libro en la mano. Su peso, su olor, su textura.
    Verdaderamente una obra de arte el trabajo de Martín Frost, Carmen.
    Me hiciste recordar que en mi infancia (hace unos cuantos años) había uno en casa pero sólo con el borde dorado.
    Y además, muy apropiado tu comentario de cómo se puede llegar a disfrutar un libro, al menos así lo experimento yo también.
    Hermoso post, desde donde lo mires, como a la pintura escondida de Frost 🙂
    Marcos

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