Viajar. Un verbo que entraña muchos significados y que se ha convertido en elemento definitorio de la sociedad actual. Quien no ha realizado un trayecto, aunque sea corto, a algún país extranjero, cercano o lejano, a alguna provincia española o incluso pueblo situado en la misma localidad. El viaje se configura como una forma más de adquirir conocimientos a través del contacto con otras culturas, lenguajes y grupos sociales. Pero también es una forma de estudio del paisaje y del entorno que rodea a ese lugar que se visita. El artista Eric Roux-Fontaines ha viajado por muchos lugares del mundo y ha entendido que el trayecto más importante es el que comienza en el interior de uno mismo.

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Su última exposición, realizada en 2015, tuvo un éxito rotundo. La ciudad de Nueva York fue testigo de cómo Jardins Secrets se convertía en el centro de atención del público, gracias a su concepción estética que explora la relación del hombre con sí mismo y su intento de domesticar la naturaleza recreándola en las ciudades.

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Los paisajes y la naturaleza están muy presentes en toda la trayectoria artística de este pintor francés. Mucho tiene que ver la cercanía de los Alpes occidentales que limitan con su Saboya natal. La impronta impresionista es palpable en cada una de sus obras, característica imprescindible de la escuela francesa de bellas artes. Sin embargo, Fontaines busca explorar por completo el concepto de naturaleza, incluso aquella creada a través de la mano del hombre para su disfrute particular. Esa naturaleza de jardines, parques, que queda atrapada a través de muros de ladrillo, con especies traídas de otros lugares para embellecer un trozo de suelo urbanita, una adaptación de lo que los italianos llamaban durante el Renacimiento el “jardín secreto”.

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Su obra mezcla el elemento urbano con el paisaje, creando un contraste fuerte, chocante, llamativo, en el que se funde el elemento onírico con una naturaleza muy real. Su proceso de trabajo está lleno de esta mixtura de imágenes que va anotando en su cuaderno para luego recrearlas en el estudio a través de las sensaciones vividas y memorizadas. Las escenas son así el resultado de un momento real e irrepetible, como si de una obra de teatro se tratara, donde el espectador actúa como el actor de un paisaje que no se volverá a repetir nunca.

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Con esta naturaleza recreada el hombre se encuentra a sí mismo, en un viaje que le pone en contacto con su propia naturaleza humana, con el mundo en el que habita, con el mundo que crea en su mente, de una manera positiva, constructiva e incluso sana.