El Atlas mundial de los estadios de fútbol recorre los lugares más famosos e insólitos del planeta donde se juega el deporte más popular

En las islas Lofoten, en el norte de Noruega, hay un campo de fútbol minúsculo encajado entre fiordos y montañas nevadas. Se llama Henningsvær Stadion. Quien juega allí lo hace con el mar a un lado y la roca al otro. A miles de kilómetros, en un pueblo pesquero de Tailandia, otro campo flota literalmente sobre el agua, construido por niños que no tenían dónde jugar. Y en Río de Janeiro, en plena favela, una cancha de fútbol sala se convierte cada tarde en el centro del barrio.

El fútbol se juega donde hay gente que quiere jugarlo. Cada lugar tiene algo que contar. De eso trata Atlas mundial de los estadios de fútbol. 1000 campos emblemáticos y sus historias, que la editorial barcelonesa Cinco Tintas publica con motivo del Mundial de fútbol en Estados Unidos, México y Canadá. Lo firman John Gillard, Joseph O’Sullivan y Neel Shelat, con prólogo del exfutbolista y entrenador estadounidense John Harkes.
«El camino hacia el estadio es lo que más recuerdo», escribe Gillard al evocar su primer partido como aficionado, en el desaparecido Goldstone Ground de Brighton —hoy convertido en un centro comercial. El murmullo de la multitud, las banderas y bufandas, los viejos torniquetes metálicos, la revelación del césped como un espacio casi sagrado. Esa idea sostiene todo el libro: los estadios no son solo infraestructuras deportivas, sino lugares que guardan recuerdos, reúnen comunidades y son escenario de momentos mágicos y derrotas desgarradoras.

Con esa premisa, los autores han seleccionado mil campos por la riqueza de la experiencia que ofrecen. Su atmósfera, su arquitectura, su entorno, su historia, o ese «camino mágico» que conduce hasta las gradas.
No hay dos estadios iguales, y muchos desafían cualquier idea preconcebida de lo que es un campo de fútbol. Junto a Koh Panyee y la favela de Río, el atlas recoge también el Santiago Bernabéu de última generación, con su césped retráctil: el otro extremo de la misma pasión. Entre esos dos polos aparecen algunos de los escenarios más sorprendentes del libro. El DHL Stadium de Ciudad del Cabo, con la Table Mountain como telón de fondo. El propio Henningsvær, en las islas Lofoten, posiblemente uno de los lugares más bellos del mundo para ver un partido. El Aspmyra Stadion, también en Noruega, hogar de uno de los clubes más septentrionales del fútbol profesional. O el Float at Marina Bay, en Singapur, una plataforma que parece flotar frente a los rascacielos de la ciudad.

En Sudamérica, el Maracaná y el Estadio Diego Armando Maradona de Nápoles —rebautizado en honor al jugador que convirtió la ciudad en templo futbolístico. En Europa, el Allianz Arena de Múnich, el dúo Stade Jean-Bouin/Parc des Princes en París, y el Estadio Şükrü Saracoğlu de Istanbul. Incluso Nueva York tiene su lugar, con Pier 40, un espacio improvisado sobre un antiguo muelle en Hudson River Park.

El libro rastrea los primeros años del fútbol femenino en campos universitarios de Estados Unidos, compartidos con otros deportes, y cierra ese recorrido en el Accor Stadium de Sídney, donde 75.784 espectadores presenciaron en 2023 cómo España levantaba el trofeo de la Copa Mundial Femenina. Dos momentos separados por décadas que cuentan la misma historia: la del fútbol femenino ganándose su lugar en los templos del deporte.

Gillard ha experimentado la cultura futbolística global de primera mano, desde La Bombonera de Buenos Aires hasta el Estadio Nacional de Perú, y ha trabajado con clubes como el Brighton & Hove Albion o el Union Berlín. O’Sullivan, hincha del Liverpool y de Irlanda, se ha volcado en el fútbol italiano y sudamericano, del San Siro a los campos modestos de la segunda división argentina —puede seguirse en Instagram como @footballtravelman. Shelat, periodista independiente, lleva casi cinco años cubriendo el fútbol desde todos los rincones del mundo y se describe, sin ironía, como un misionero de la religión del fútbol.

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