Ni el mismísimo Julio Verne hubiera podido concebir en su imaginación una obra tan fascinante. Ni siquiera hubiese podido pensar en que el nombre de su más que conocido submarino pudiera ser utilizado para nombrar a una casa tan asombrosa. Nautilus es el resultado de una idea genial, única e inigualable que sólo una mente como la de Javier Senosiain es capaz de darle vida sobre el terreno.

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El arquitecto mejicano ha querido crear un espacio adaptado a las necesidades del hombre, tanto físicas como psicológicas y ambientales. La historia del ser humano y su contacto con la naturaleza son las fuentes donde bebe este artista. Partiendo de la idea de crear un lugar acogedor para sus habitantes, cada una de las habitaciones es concebida como una caverna, como un refugio natural con formas cóncavas que recuerdan a los brazos protectores de una madre. Como resultado, el conjunto queda integrado por espacios amplios y continuos, con formas cambiantes respetando el movimiento natural del ser humano y con un mobiliario adaptado que facilita el tránsito de un lugar a otro.

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La planta en espiral sufrió alguna modificación a medida que se iba construyendo el edificio. Lo primero que llama la atención es la gran vidriera de entrada, con recuerdos gaudianos, que nos conduce a un interior de formas cóncavas y no paralelas. La sensación que produce es nueva para el visitante ya que el espacio resulta fluido y la escalera en caracol de la entrada nos conduce a un espacio cuadrimensional que nos hace levitar sobre la vegetación que dejamos atrás.

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Un vestíbulo interior nos lleva a un salón donde la televisión se encuentra ubicada dentro del vientre de un crustáceo. La escalera de caracol nos conduce a un estudio superior en el que se puede admirar el paisaje exterior. La zona de los dormitorios y servicios queda situada en la parte posterior.

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El Nautilus resulta así una casa adaptada a su entorno y a las necesidades de sus habitantes, donde las formas cóncavas acogen al inquilino en su interior y le da esa sensación de calidez que emana toda vivienda. Los recuerdos a las formas barrocas italianas y a las construcciones gaudianas están presentes en todo momento. Así, el sueño de vivir en el Nautilus, que una vez surgió de la imaginación de Verne, se hace realidad en tierra firme.