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¿Sabías que uno de cada seis tripulantes de cabina reconoce tener miedo a volar?

Ponerse nervioso dentro de un avión es algo completamente normal, no todos los días volamos y quien más y quien menos pasa un rato de tensión durante el despegue o el aterrizaje, y mucho más cuando hay turbulencias, hay incluso personas que tienen auténtico pavor a coger un avión.

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Lucas, la araña: cómo quitarse el miedo a las arañas en 20 segundos

Si tienes aracnofobia sabes que las arañas son “animalitos del Señor” que tienen derecho a vivir y que son de mucha utilidad en la naturaleza. Lo sabes de sobra y las quieres, pero las quieres lejos. A poder ser en el último rincón del mundo, en ése en el que jamás meterías la mano, por si acaso.

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¿Por qué escondemos nuestros verdaderos miedos?

Todos tenemos complejos. Todos tenemos miedos.

Tú. Yo. Esa persona a la que admiras, la que te parece tan fuerte, o aquella tan engreída.

Cuantas más máscaras, cuanto más grande es el caparazón, más inseguridades encubiertas. Más miedo.

¿Pero qué pasaría si, al final, a todos nos dieran miedo las mismas cosas?

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Las crisis de tu vida tienen significado

Estas fechas suelen ser habituales de los balances anuales. Valoramos éxitos y fracasos como el que revisa las cuentas de una empresa.

Analizamos medallas  y ‘cagadas’, esperando no repetir las malas jugadas el año siguiente. Desgraciadamente nuestros errores o los descalabros propios de la vida, generan un dolor que a veces nos hacen quedar estancados en el pasado. Experimentamos el miedo a la pérdida, a equivocarnos de nuevo, y quedamos anclados en el bloqueo, nos impide avanzar.

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Hoy os traemos el corto de ‘El hombre que tenía miedo de caer’, que pone de manifiesto cómo, la altura y los logros, son susceptibles de vértigo. El propio miedo a caer o a perder lo que consideramos valioso, nos hacer retroceder.

Sin embargo, las caídas y épocas de crisis, tienen un sentido y una función en nuestra vida. Nos enseñan y se repiten de forma cíclica, como un bucle que nos visita cada cierto tiempo. Barreras que la vida nos obliga a atravesar, obstáculos de que debemos aprender a sortear de una forma nueva para crecer y pasar de pantalla.

Es como si la vida fuera un videojuego, donde seguirás ‘muriendo’ en cierta pantalla si no aprendes a hacer las cosas de forma diferente, si no aprendes el truco para pasar a la siguiente. Lo curioso además, es que no todos quedamos atascados en la misma pantalla, cada uno debe enfrentarse a sus propias dificultades para llegar a la batalla final.  Lo parte positiva de los tropiezos y las crisis es que nos ayudan a poner límites. Nos hacen sentir que ya no podemos perder nada en el camino, lo que desbloquea el miedo y nos sirve de trampolín, para coger impulso y remontar.

¿Te has planteado alguna vez cuáles han sido las crisis de tu vida y para qué te han servido?

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‘Piper’ el corto que ha hecho reflexionar a medio mundo

La forma en la que vivimos o en la que nos contamos las experiencias fallidas, los errores que cometemos o “los fracasos” a lo largo de nuestra vida, puede generar que almacenemos ciertos recuerdos de forma traumática.

Esto puede hacer que asociemos cosas placenteras, o incluso cosas que necesitamos o ansiamos, a una gran sensación de malestar o angustia. Tanto es así, que incluso a pesar de querer algo con todas nuestras fuerzas, esta sensación incómoda puede invadir nuestro cuerpo y generar tanto miedo que nos bloquea; nos paraliza y hace que sintamos que un gran muro nos separa de conseguir nuestros deseos o sueños.

Algo parecido le ocurre al nuevo protagonista de uno de los nuevos cortos de Pixar que está revolucionando las redes: ‘Piper’,  un pajarillo recién nacido que sufre una experiencia traumática con el agua, pero que deberá vencer sus miedos para poder alimentarse y hacer una vida normal como el resto de sus compañeros…

Surge una reflexión. Con lo cómodo que se está ahí dentro del caparazón sin tener que salir ahí fuera y buscarse la vida… ¿Merece la pena enfrentarse?

Me pregunto si se cuestionarán lo mismo las langostas. Ellas, en un momento de su vida, comienzan a crecer y su armazón se les queda pequeño por lo que necesitan cambiar de carcasa. Es de suponer que se sentirán incómodas: su caparazón actual se les ha quedado pequeño, les aprieta y quién sabe, tal vez incluso les hace daño.

En este momento, el esqueleto se separa del cuerpo del animal para que comience a formarse otro – de hecho, suele esconderse debajo de las piedras- hasta que, con mucha destreza, nuestra protagonista se desviste y enseña su renovada vestimenta. Ocurre que, durante un tiempo, su nueva carcasa es muy frágil. ¿Tú no te sentirías vulnerable? Imagínate ahí, en el fondo del mar…

Poco a poco este nuevo protector se va endureciendo pero desde luego, no es un proceso ni fácil ni cómodo. No obstante, la langosta es consciente de que es la única forma de crecer y evolucionar. Y si ellas lo saben, ¿cómo no lo vamos a saber nosotros?

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¿Quién maneja el volante en tu vida?

Es curioso, pero las personas podemos llegar a evitar y temer aquello que más ansiamos o deseamos. ¿Contradictorio?

Puede resultar paradójico cómo, sin querer o de forma inconsciente, boicoteamos algunas situaciones; evitamos, por ejemplo, algo que nos apetece por si acaso sale mal: una relación sentimental, aplicar para un puesto de trabajo que nos interesa, tratar de cumplir un sueño… Somos capaces de mentirnos a nosotros mismos y contarnos incluso que queremos algo completamente diferente, o ponernos millones de excusas que, en el fondo, bien sabemos que esconden una realidad distinta.

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¿Cuál es el precio del amor?

Sus mejores amigos eran un boli y un papel; al menos todavía le quedaba el brazo derecho para seguir escribiendo.

¿Conocéis la historia de cómo perdió el brazo izquierdo?  

Un día se lastimó, tenía una herida que le dolía de forma intermitente, cada día. A veces se sentía muy feliz porque estaba aprendiendo a vivir con esa cicatriz constante, sólo le daba calambrazos de vez en cuando.

Sin embargo, un día el dolor fue demasiado. Tan intenso y tan profundo que, tras meditarlo y haciendo de tripas corazón, se rebanó el brazo de cuajo. No podía aguantar más.

Así, mutilada y sin brazo, lloró y sangró hasta que consiguió suturar la herida. Sabía que no volvería a ser la misma persona. Se convenció de que se acostumbraría; tal vez, con el tiempo, conseguiría una de esas piezas ortopédicas que le ayudaría a manejarse mejor, aprendería a hacer las cosas de otra forma.

Le dolía mucho, a veces incluso le despertaban los fuertes pinchazos en la sutura.

“Se pasarán. Mejor un dolor agudo puntual que un dolor crónico”, se decía.

Esa noche se fue a dormir tarareando una canción que le hizo sonreír  “Here, There, Everywhere” de The Beatles. Era consciente de que había perdido un brazo, pero quizá (ojalá) había ganado una nueva vida. 

Se desprendió de aquello que tanto quería pero que tanto le daño le hacía.  

¿Y tú? ¿Has tenido que hacerlo alguna vez?

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¿Cuántas veces mantenemos relaciones que nos hacen daño porque sentimos que somos incapaces de irnos o dejar ir? Pensamos que el dolor que vamos a padecer al sufrir la pérdida de esa persona que tanto queremos será demasiado grande, nos negamos a renunciar a lo que nos aporta, creemos que sigue mereciendo la pena luchar. Lo intentamos una y otra vez, pero algo no termina de encajar, no estás completamente cómodo ni feliz pero “¿y si…?”

¿Por qué continuar? ¿Qué nos empuja a quedarnos?

Confiamos en que esa persona o esa relación cambiará, queremos, lo deseamos y por eso lo peleamos contra viento y marea desgastando nuestras fuerzas en el intento.  “Si cambiara podríamos ser felices”, “las cosas pueden mejorar”, pero la realidad es que, a pesar de todo el esfuerzo, el puzzle no termina de encajar. No estás siendo todo lo feliz que podrías y la energía que necesitas para serlo se pierde en el “todo vale por amor”.

Imagina una cuerda atada a tu muñeca. En un primer momento no aprieta, nos brinda incluso cierta seguridad: si tropiezas tal vez te ayude a mantenerte en pie y no caer. Sin embargo, esa cuerda se va estirando cada vez más por el uso y ya no resulta tan cómoda; de hecho, por miedo a que se nos  escape y perdamos lo que nos ofrece, la agarramos con más fuerza aún, tanto, que acabamos tirando de ella hacia nosotros. La cuerda se tensa, cada vez nos aprieta más; la seguridad que te brindaba se desvanece, comienza a dejarnos marcas en la piel y a cortarnos la circulación. Hace daño y duele.  

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Cierra los ojos por un segundo, deja de tirar de la cuerda. El miedo a perderla te paraliza, te impide soltarla. Pero consigues sacar valor del mismo sitio de donde sale todo el daño, todas las lágrimas que el tira y afloja ha vaciado y… Sueltas. El miedo sigue ahí pero comienzas a sentir la sangre fluir por tu mano de nuevo, puedes ver las rozaduras que te ha provocado la cuerda.

Amor sí, pero ¿a qué precio? 

¿Por qué no soltar antes?

¿De qué miedo nace la cuerda? ¿Qué miedo se esconde detrás (de ti)?

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