En el pasado, los artistas eran considerados como meros decoradores al servicio de los grandes señores y poderosos contemporáneos. Desde muy jóvenes entraban a trabajar en talleres profesionales de artesanos donde aprendían las recetas, el uso de los instrumentos, las características de los materiales, las destrezas del dibujo, anatomía, botánica, matemáticas…. así como todo tipo de conocimiento amplio y preciso para poder convertirse en un gran artista de su tiempo. Había rivalidad entre los talleres para ver quien realizaba los mejores encargos de la ciudad y conseguía los mejores contratos. Se organizaban en torno a un sistema gremial para protegerse, regularse y controlarse. Todo y cada uno de sus movimientos estaba medido en los contratos que firmaban para la realización de los encargos. No es de extrañar que algo de todo ese complejo sistema aún siga vivo aunque actualizado a las normas y usos del siglo XXI.

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