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Irlanda inunda el mundo de verde

La Diosa Cibeles iluminada de verde igual que la Puerta de Alcalá en Madrid o la Fuente Mágica de Montjuïc en Barcelona. Más de una docena de ciudades españolas se han unido a la ola verde que celebra el 17 de marzo el día de Irlanda y su patrono San Patricio.

Es la fiesta nacional más celebrada del mundo. Más de 250 monumentos y enclaves icónicos del planeta se iluminaron en verde por octavo año. Entre los nuevos “participantes” destacan el One World Trade Center en Nueva York, el principal edificio del reconstruido World Trade Center y el más alto del hemisferio occidental, las espectaculares cataratas del Niágara o el Coliseo romano.

“El entusiasmo de ciudades y países de todos lados por participar, subraya la fuerza de la profunda conexión que personas de todo el mundo sienten por Irlanda”, dice Niall Gibbons, CEO de Turismo de Irlanda.

Coliseo romano

Cataratas del Niágara

La estatua de los rinocerontes KYELA & LANKEU – Nairobi

London Eye – Londres

Santuario Nacional de Cristo Rey – Lisboa

Una lección de historia a pie de calle

La verdadera historia de un pueblo o una ciudad se encuentra escondida en sus propias calles. Cualquier trazado urbano puede dar una idea sobre el pasado histórico de un lugar echando un simple vistazo sobre su mapa. Pero existen otras muchas formas de mantener vivo el recuerdo de un lugar, ya sea a través de nombres de calles, de edificios monumentales, museos, fotografías… Una de las formas más comunes suele ser a través de la realización de esculturas que evocan un momento de gran importancia para un lugar o de algún personaje popular ligado a la vida del mismo. Muchas pasan desapercibidas, otras son reconocibles a simple vista, las más famosas son visitadas por los turistas. Pero, sin duda alguna, las mejores son las que traen a la memoria el recuerdo colectivo de un pueblo unido ante el dolor y la adversidad, ante la alegría y el júbilo, que no olvida que ese pasado les ha llevado a un futuro actual cuyas generaciones se sienten agradecidas por tanto esfuerzo, sacrificio y lucha.

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Paseando por las calles de Dublín se puede topar con las figuras de Rowan Gillespie, un tanto sobrecogedores e impactantes. Durante el año 1845 y 1849, Irlanda vivió la conocida como Gran Hambruna, un periodo en el que se sucedieron varias plagas que destruyeron el cultivo de patatas, junto con un sistema de explotación agrícola inhumano y una política inglesa poco favorable llevaron a la población a una catástrofe en todos los sentidos, tanto demográficos, sociales, políticos como económicos. Las impresionantes figuras realistas del artista irlandés  muestran el resultado de esos años de debacle y la situación de las clases obreras y campesinas que no tenían nada para comer. Esculturas broncíneas decrépitas y delgadas, rostros enjutos y cadavéricos, ropajes desgastados y raídos, niños desfallecidos o muertos, en el peor de los casos. Irlanda no olvida ni su historia ni su pasado.

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En la ciudad de Cracovia, muy cerca de la fábrica del famoso Óscar Schidler que salvó tantas vidas durante el Holocausto nazi, se encuentra el gueto judío creado durante la Segunda Guerra Mundial. En él se puede apreciar unas esculturas muy curiosas. Unas sillas metálicas se distribuyen por la gran plaza Bohaterów Gettase con una única finalidad: homenajear a la población judía polaca que fue enviada a este gueto y que, desde aquí, se trasladó al campo de exterminio de Auschwitz o Belzec para ser exterminada. Estas sillas representan el momento en el que los soldados nazis sacaban todos los muebles de las casas del gueto para comprobar que ni incluso los bebés quedaban escondidos en ellas.

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Una cara más amable muestra una serie de figuras que se encuentran a orillas del río Singapur, cerca del puente Cavenagh, en la ciudad de Singapur. “People of the river” son un conjunto de esculturas que muestran las costumbres de la población primitiva que se instaló en la ciudad singapurense, desde el siglo II de nuestra era, y, entre ellas, se encuentras estos niños que disfrutan del juego y del baño en la orilla del río. Alegría, gozo y diversión que se mezcla con el realismo broncíneo que lo representa.

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Viajando por Bratislava hay que estar muy atento por dónde se pisa. En el suelo de la calle Panská puede encontrarse, por sorpresa, con una alcantarilla abierta y de ella saliendo una simpática figura de un hombre, bautizado como el fontanero Chumil. Con ella, la población eslovaca recuerda el periodo de la Segunda Guerra Mundial cuando la población tenía que esconderse de los bombardeos y el asedio nazi en el sistema de alcantarillado de la ciudad.

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Por último, en la ciudad turca de Eceabat se levanta uno de los tantos monumentos que conmemoran la batalla de Galípoli o de los Dardanelos. Durante la Primera Guerra Mundial, las tropas francesas y británicas intentaron invadir y tomar el Imperio Otomano a través de los Dardanelos, con el fin de ayudar a las tropas rusas en su avance contra las potencias centrales, constituidas por el Imperio Alemán, el Impero Austro-húngaro y el Imperio Otomano. El resultado fue a favor de estas últimas gracias a la rápida respuesta del ejército otomano. Las figuras de los combatientes están realizadas a tamaño real y recrean la batalla con gran crudeza.

La Canción del Mar: “Serás el mejor hermano del mundo”

songsea sealsCuenta la leyenda irlandesa de la existencia de los selkies, unos seres mágicos tremendamente bellos con aspecto de focas y con el don de deshacerse de sus pieles y transformarse en humanos escondiendo su piel de foca entre las rocas cerca de la orilla del mar.

Este aspecto tan mágico de la leyenda y la imaginería celta le ha servido a La Canción del marTomm Moore para volver a la gran pantalla tras su primera película de animación, El Secreto del Libro de Kells, en exploraba ya acertadamente la magia y el arte medieval de la Irlanda del siglo IX. Moore vuelve con un trazo indiscutiblemente bello, para contarnos con una gracia y una elegancia dignas de todos los reconocimientos, la historia de Ben y Saoirse, de 10 y 6 años, él: un cascarrabias; ella: jamás ha articulado ni una palabra. Los dos niños viven en el faro de su padre, pero por ciertos motivos se ven obligados a vivir en la ciudad con su abuela y, al intentar volver a casa, se ven introducidos en una mágica aventura iniciática y reveladora para ambos, que además de obligarles a quererse y respetarse dentro de la pantalla, fuera de ella marcará un antes y un después en el legado de películas de animación de la historia del cine.

song-of-the-sea-3La Canción del Mar se mueve con gracia entre el trazo del lápiz y las líneas dibujadas por ordenador, las dos vertientes de la animación, el pasado y el presente, cohesionados dando como resultado una estética de cuento potentísima, tan mágica como cuidada. Cada pincelada puede sentirse, y siempre es bonito recordar que la magia y el pulso de los dibujantes de animación no se ha perdido por completo. Para alguien que haya vivido la época Disney en su plenitud, las referencias a las películas de la multinacional son incontables, aunque Moore tiene infinitamente más estilo si me lo permiten: podemos ver desde un Rafiki un tanto peculiar (el mago Shamakee, cuya secuencia es simplemente espectacular), hasta los monos de El Libro de la selva (los buhos raptores), o al perro de Eric en La Sirenita (literlamente igual que ). Además, como no podía ser de otra manera, el espíritu Miyazaki se respira en cada fotograma de La Canción del Mar, no solo en el trazo del dibujo sino en los personajes y en la relación que hay entre ellos y la pura leyenda mágica, que es usada como trampolín para hablar de la madurez y del abandono definitivo de la infancia para abrazar la realidad, asumirla y dejar marchar ese universo en el que solo vivimos nosotros cuando somos pequeños.

Tomm Moore consigue unificar a la perfección el mundosongofthesea mágico con el real, la naturaleza con el misticismo de las leyendas y el folclore irlandés, para reflexionar agudamente sobre temas como la pérdida de la inocencia, la responsabilidad, el amor paterno-filial, la esperanza y la aceptación del pasado. Todas ellas cualidades indudablemente humanas, cotidianas, pero llevadas aquí al ámbito de lo fantástico. Los medios que pone Moore para llegar a un fin que puede resultar algo previsible, son una clara y simple demostración de su valía y autenticidad como autor. En su favor, todo hay que decirlo, juega la composición de una banda sonora memorable a cargo de Bruno Coulais junto con la colaboración del grupo Kila, que consigue introducirnos de lleno en ese festival de emociones incesantes que es la película, y que en el sentido auditivo, además cuenta con voces mayúsculas de la tierra celta como la de Fionnula Flanagan y Brendan Gleeson.

La Canción del Mar es magia, aventura, poesía visual. Te toca con la voz y con los dedos. Es ver durante horas tu pintura favorita. Es echarte la siesta en medio del campo. Es volver a escuchar aquellas palabras que escuchaste de pequeño tantas veces. Es tener un nudo en la garganta. Es abrazar a un ser querido que ya no está. Es despedirte y dejar ir. Asumir. Sonreír. Querer. Vivir.

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