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El impresionismo “ruso” de Goloubetski

Romper con las normas establecidas siempre ha sido una constante en el mundo del arte. Cada nuevo estilo que fue surgiendo fue el resultado del “cambio” propiciado desde alguna nueva mente, o mentes, creadora que supo convertir lo existente en algo nuevo y diferente. El ejemplo más claro tuvo lugar con la exposición de artistas independientes, celebrada en París en 1873, con la que se rompía con el academicismo establecido en el Salón de París y con el arte “oficial” para así dar paso a un movimiento que fue de los más fructíferos y que fue bautizado como Impresionismo.

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El viaje pictórico de Eric Roux-Fontaines

Viajar. Un verbo que entraña muchos significados y que se ha convertido en elemento definitorio de la sociedad actual. Quien no ha realizado un trayecto, aunque sea corto, a algún país extranjero, cercano o lejano, a alguna provincia española o incluso pueblo situado en la misma localidad. El viaje se configura como una forma más de adquirir conocimientos a través del contacto con otras culturas, lenguajes y grupos sociales. Pero también es una forma de estudio del paisaje y del entorno que rodea a ese lugar que se visita. El artista Eric Roux-Fontaines ha viajado por muchos lugares del mundo y ha entendido que el trayecto más importante es el que comienza en el interior de uno mismo.

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Su última exposición, realizada en 2015, tuvo un éxito rotundo. La ciudad de Nueva York fue testigo de cómo Jardins Secrets se convertía en el centro de atención del público, gracias a su concepción estética que explora la relación del hombre con sí mismo y su intento de domesticar la naturaleza recreándola en las ciudades.

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Los paisajes y la naturaleza están muy presentes en toda la trayectoria artística de este pintor francés. Mucho tiene que ver la cercanía de los Alpes occidentales que limitan con su Saboya natal. La impronta impresionista es palpable en cada una de sus obras, característica imprescindible de la escuela francesa de bellas artes. Sin embargo, Fontaines busca explorar por completo el concepto de naturaleza, incluso aquella creada a través de la mano del hombre para su disfrute particular. Esa naturaleza de jardines, parques, que queda atrapada a través de muros de ladrillo, con especies traídas de otros lugares para embellecer un trozo de suelo urbanita, una adaptación de lo que los italianos llamaban durante el Renacimiento el “jardín secreto”.

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Su obra mezcla el elemento urbano con el paisaje, creando un contraste fuerte, chocante, llamativo, en el que se funde el elemento onírico con una naturaleza muy real. Su proceso de trabajo está lleno de esta mixtura de imágenes que va anotando en su cuaderno para luego recrearlas en el estudio a través de las sensaciones vividas y memorizadas. Las escenas son así el resultado de un momento real e irrepetible, como si de una obra de teatro se tratara, donde el espectador actúa como el actor de un paisaje que no se volverá a repetir nunca.

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Con esta naturaleza recreada el hombre se encuentra a sí mismo, en un viaje que le pone en contacto con su propia naturaleza humana, con el mundo en el que habita, con el mundo que crea en su mente, de una manera positiva, constructiva e incluso sana.

La pintura ambidiestra de Antonov

La historia de la pintura ha demostrado muchas veces que aquellos a los que llamaban los “antiguos” ya practicaban géneros, técnicas o utilizaban materiales que, posteriormente, se han vuelto a poner de moda. Algo así sucedió con el género de los bodegones. Muchas tumbas reales del Antiguo Egipto muestran copiosas comidas decorando sus muros, con una finalidad totalmente ritualista, y no hay que olvidar las aquellos maravillosos bodegones que aparecieron tras excavar ciudades romanas como Pompeya o Herculano sobre las paredes de muchas villas señoriales. No cabe duda que la palabra bodegón sitúa a cualquier aficionado al arte en el siglo XVII y XVIII, momento en el que se hicieron plenamente populares. Sólo basta mencionar autores como Sánchez Cotán, Zurbarán, Luis Meléndez o Arellano para hacerse una idea de la fama que alcanzaron.

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La idea de captar y plasmar un objeto que no era un ser humano o un paisaje supuso toda una novedad. Pero que además unas frutas, unas flores, animales de caza, un simple vaso de cristal o un plato de loza fueran los protagonistas de un lienzo resultó ser toda una revolución. Hasta entonces, esos “pequeños detalles” siempre habían formado parte de un conjunto pictórico mayor donde el protagonismo lo tenían los personajes que aparecían. El artista Alexei Antonov ha vuelto a resucitar este género gracias a sus virtuosas dotes pictóricas, aunque adaptándolo a la realidad actual.

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Nacido en Rusia en 1957, desde que era un renacuajo de dos o tres años disfrutaba pintando sobre las paredes de su casa con el pintalabios de su madre. Obviamente, su madre no debía de disfrutar mucho con el hobby de su pequeño, sobre todo por el estrés que le debía de suponer esconder su set de maquillaje y no dejarlo a la vista de Antonov. Su pasión por el dibujo le llevó a tomar clases de arte y de canto, otra de sus pequeñas aficiones, y a estudiar en la Escuela de Artes de Baku. Allí tomaría contacto con la pintura realista, impresionista y abstracta. Después complementaría su formación en el Instituto de Diseño de Moscú.

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Sus primeros pasos en la profesión serían como diseñador gráfico e ilustrador para revistas de la agencia Novosti, así como posters de grupos de pop y rock de los ochenta. Sin embargo, su necesidad de ampliar sus conocimientos sobre pintura clásica, sobre todo los maestros Rubens y Van Dyck, le llevó a ponerse en contacto con el artista Nikolai Shurigin, del que aprendería su técnica pictórica. Un viaje a Italia para conocer de primera mano la pintura clásica sería el punto de partida para empezar a exponer sus obras en museos y galerías de su país como artista individual. Pero fue su llegada a los Estados Unidos en 1990 lo que propició que sus obras empezaran a ser solicitadas por coleccionistas privados a nivel mundial.

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Sus obras abarcan desde retratos pasando por paisajes hasta llegar a naturalezas muertas, que conforman la mayor parte de su catálogo. Sus bodegones se caracterizan por emplear frutas, flores, elementos de uso cotidiano e incluso algunos que nos dan una pista sobre su país de procedencia. Su pincelada es suave y delicada, lo que se ve acentuado por el uso de colores cálidos y tonos pastel. La importancia de sus pinturas reside en el detalle y en ir desmenuzando poco a poco los elementos que conforman la obra pero que a su vez forman el todo. Sin embargo, el espectador puede apreciar una sensación de frialdad o distanciamiento con el objeto representado y que recuerda sutilmente las obras del Neoclasicismo. A pesar de ello, sus paisajes resultan mucho más vivos y llenos de movimiento gracias al empleo de las técnicas impresionistas y abstractas aprendidas durante su juventud.

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Antonov resulta así un artista que es capaz de aunar diferentes técnicas, géneros y elementos en sus obras sin perder la unidad con el todo y de expresarlo con ambas manos. Puede que ser ambidiestro no tenga que estar ligado a ser un gran genio de la historia, pero lo que no cabe la menor duda es que su capacidad de expresar lo que hay en su interior y de plasmarlo lo hace con todas las posibilidades y destrezas que ambas manos le permiten, algo de lo que seguro Leonardo Da Vinci estaría encantado.

El padre de la pintura “moderna” cumple 175 años

Un 19 de enero del año 1839 llegaba al mundo, en Aix-en-Provence, uno de los pintores que, a pesar de pasar desapercibido, marcaría un punto de inflexión en el arte del siglo XIX a través de su peculiar manera de concebir el espacio y la realidad. Aunque muchos le engloban dentro del movimiento impresionista, se puede decir que junto a Van Gogh, Gauguin y Toulouse-Lautrec conforma ese grupo de pintores que desarrollará una carrera mucho más personal y alejada de los presupuestos del primer Impresionismo, conformando el llamado Postimpresionismo.

Desde sus comienzos en la Academia Suiza de París  siente una profunda admiración por Delacroix y Courbet. La rebeldía se convierte en su principal bandera para hacer oír los ideales de un joven artista cuyas primeras obras muestran violencia, sensualidad, asesinatos y orgías fruto de un carácter solitario, apasionado e impulsivo y que se manifiesta a través de fuertes contrastes, colores oscuros y una pincelada espesa a golpe de espátula.

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Cultiva una fuerte amistad con Émile Zola y pronto empieza a acudir a las tertulias del Café de Guerbois donde una serie de jóvenes pintores, entre ellos Monet, Renoir, Pisarro y Degas, se reúnen para discutir sobre arte en torno a la figura de Manet. Este contacto con los futuros impresionistas cambia por completo su forma de entender la pintura y se convierte en discípulo de Pisarro. Nace en él un profundo interés por las estructuras de la naturaleza, busca trabajar al plein air y su paleta evoluciona hacia colores más suaves con composiciones mucho más calmadas y cuidadas.

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De ese mismo interés por las estructuras de la naturaleza surge un profundo estudio de la esencia que conforman los objetos que le lleva a una descomposición de las formas. Los objetos se pueden descomponer en formas geométricas básicas y, a partir de ellas, volverlos a construir. Para ello intenta crear una nueva imagen que una la realidad con la conciencia, a través de la sensación visual que provoca la estructura de la realidad misma a través de su aguda mirada y de la reflexión que resulta. Fruto de ello es su reelaboración del concepto de espacio, que es el resultado de la realización sobre el plano de los distintos puntos de vista que genera un objeto. El color le sirve para construir masas, volúmenes o luces y la perspectiva que observamos no es una sóla, sino varias que generan nuevas relaciones entre los elementos que conforman el cuadro y se consiga romper con la perspectiva renacentista.

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No es de extrañar que Matisse, Picasso, Braque y Gris le considerasen el padre de la pintura del siglo XX, ya que sus estudios y su obra ponen las bases para lo que será el Cubismo y las Vanguardias posteriores. Tanto por su gran aportación al mundo del arte y por ser uno de esos artistas que han pasado “desapercibidos”, hoy le rendimos un pequeño homenaje desde Malatinta Magazine.

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