Superstición. Todos y cada uno de nosotros hemos sentido el poder de esta palabra en algún momento de nuestra vida. Ya fuese siendo niño, adolescente, joven o adulto. Parece ser algo inherente a la condición humana. Por mucho que la razón o la lógica quiera explicarnos acerca de su condición, la superstición es mucho más poderosa que nuestro cerebro. ¿Quién no ha sentido la fuerza de la “buena suerte” al realizar una actividad en un momento determinado, vistiendo una ropa adecuada, llevando colgantes, anillos, pulseras o cualquier otro objeto al que atribuimos cualidades “especiales” y esa actividad ha resultado ser todo un éxito? O, al contrario, ¿quién no ha sentido el misterio del mal augurio planeando sobre su cabeza y ha sido víctima de una situación catastrófica, tormentosa o peligrosa, atribuyendo esa falta de “suerte” a la ropa, enseres, zapatos o amuletos que se portaban en aquel instante?

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