Etiqueta: felicidad

La moda de ser feliz cuando no te dejan serlo

Sin duda, habréis escuchado a gurús que hablan de la felicidad como si fuera ése ente casi mágico y omnipresente que hará que tu vida sea totalmente plena y seas la envidia del lugar. Seguramente tengan razón y, cada vez más asistimos a cómo la sociedad nos exige vivir en un mundo feliz, pero…¿nos dejan ser felices? o, sin embargo ¿nos obligan a serlo?. La felicidad según la RAE es un «estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien», ¿se complace con la posesión de un bien?, pero ¿qué bienes?, ¿cómo uno consigue ser feliz?.

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Happiness: la felicidad no es lo que te han contado

– ¿Y tú qué quieres en la vida?

– Yo ‘sólo’ quiero ser feliz.

Seguramente has pensado o pronunciado estas palabras alguna vez; o puede que hayas escuchado a alguien tener una conversación similar a ésta, pero…

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Arte y literatura unidas en ‘Historias de un pensador sin recursos’

Párate un segundo.

Lee lo que a continuación te voy a preguntar.

¿Nunca te has parado a pensar si lo que estás haciendo con tu vida es lo que de verdad quieres hacer?.

Sabemos que es una pregunta conflictiva, pero intenta responderla.

¿La tienes?

¿Cuál es la respuesta?

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Hygge, el fenómeno global tras la felicidad danesa

Algo debe de suceder en Dinamarca, para que año tras año los daneses se consideren los más felices del mundo. El estado de bienestar nórdico sería la respuesta más fácil. Pero es que Dinamarca despunta también entre los Nórdicos. El secreto podría estar en el Hygge, que se va convirtiendo en algo así como un nuevo fenómeno global en busca de la felicidad más cotidiana y cercana. Incluso los lingüistas dan distintas versiones del significado de la palabra hygge (o hyggelig, cuando es un adjetivo): “el arte de crear intimidad”, “confort del alma”, “ausencia de molestias”, “unión acogedora”.

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¿Cuál es el precio del amor?

Sus mejores amigos eran un boli y un papel; al menos todavía le quedaba el brazo derecho para seguir escribiendo.

¿Conocéis la historia de cómo perdió el brazo izquierdo?  

Un día se lastimó, tenía una herida que le dolía de forma intermitente, cada día. A veces se sentía muy feliz porque estaba aprendiendo a vivir con esa cicatriz constante, sólo le daba calambrazos de vez en cuando.

Sin embargo, un día el dolor fue demasiado. Tan intenso y tan profundo que, tras meditarlo y haciendo de tripas corazón, se rebanó el brazo de cuajo. No podía aguantar más.

Así, mutilada y sin brazo, lloró y sangró hasta que consiguió suturar la herida. Sabía que no volvería a ser la misma persona. Se convenció de que se acostumbraría; tal vez, con el tiempo, conseguiría una de esas piezas ortopédicas que le ayudaría a manejarse mejor, aprendería a hacer las cosas de otra forma.

Le dolía mucho, a veces incluso le despertaban los fuertes pinchazos en la sutura.

«Se pasarán. Mejor un dolor agudo puntual que un dolor crónico», se decía.

Esa noche se fue a dormir tarareando una canción que le hizo sonreír  «Here, There, Everywhere» de The Beatles. Era consciente de que había perdido un brazo, pero quizá (ojalá) había ganado una nueva vida. 

Se desprendió de aquello que tanto quería pero que tanto le daño le hacía.  

¿Y tú? ¿Has tenido que hacerlo alguna vez?

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¿Cuántas veces mantenemos relaciones que nos hacen daño porque sentimos que somos incapaces de irnos o dejar ir? Pensamos que el dolor que vamos a padecer al sufrir la pérdida de esa persona que tanto queremos será demasiado grande, nos negamos a renunciar a lo que nos aporta, creemos que sigue mereciendo la pena luchar. Lo intentamos una y otra vez, pero algo no termina de encajar, no estás completamente cómodo ni feliz pero “¿y si…?”

¿Por qué continuar? ¿Qué nos empuja a quedarnos?

Confiamos en que esa persona o esa relación cambiará, queremos, lo deseamos y por eso lo peleamos contra viento y marea desgastando nuestras fuerzas en el intento.  “Si cambiara podríamos ser felices”, “las cosas pueden mejorar”, pero la realidad es que, a pesar de todo el esfuerzo, el puzzle no termina de encajar. No estás siendo todo lo feliz que podrías y la energía que necesitas para serlo se pierde en el “todo vale por amor”.

Imagina una cuerda atada a tu muñeca. En un primer momento no aprieta, nos brinda incluso cierta seguridad: si tropiezas tal vez te ayude a mantenerte en pie y no caer. Sin embargo, esa cuerda se va estirando cada vez más por el uso y ya no resulta tan cómoda; de hecho, por miedo a que se nos  escape y perdamos lo que nos ofrece, la agarramos con más fuerza aún, tanto, que acabamos tirando de ella hacia nosotros. La cuerda se tensa, cada vez nos aprieta más; la seguridad que te brindaba se desvanece, comienza a dejarnos marcas en la piel y a cortarnos la circulación. Hace daño y duele.  

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Cierra los ojos por un segundo, deja de tirar de la cuerda. El miedo a perderla te paraliza, te impide soltarla. Pero consigues sacar valor del mismo sitio de donde sale todo el daño, todas las lágrimas que el tira y afloja ha vaciado y… Sueltas. El miedo sigue ahí pero comienzas a sentir la sangre fluir por tu mano de nuevo, puedes ver las rozaduras que te ha provocado la cuerda.

Amor sí, pero ¿a qué precio? 

¿Por qué no soltar antes?

¿De qué miedo nace la cuerda? ¿Qué miedo se esconde detrás (de ti)?

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10 recetas exprés anti-preocupaciones

Jueves por la mañana. Llegas a la oficina y mientras tu cerebro todavía sigue procesando tus legañas, de repente te enteras de que estás metido en un marrón de tres pares de narices por culpa de la ******** de la secretaria, ésa que no sólo no ayuda sino que era la guay del insti pero ahora es la radio-patio de la empresa y no hace más que despotricar sobre ti en cada esquina, lo que no ayuda a mejorar tu fama de impuntual y rarito antisocial por no invitar a botellines en tu cumpleaños. Después de la discusión con tu pareja ésta sigue sin responderte al whatsapp porque el otro día te ganaste el premio al cenutrio del año… ¡Por favor que llegue ya el fin de semana! Pero no, no cantes victoria: olvídate de las cañas este sábado que no tienes un duro para pagártelas, y encima todavía no has acabado los trabajos de ese máster que prometía ser tan maravilloso -pero que no lo es-, y con el esperabas mejorar un montón para que tu jefe se aprendiera tu nombre en medio de un proceso de reducción de plantilla -lo cual no ha ocurrido-. Sólo te falta tener goteras en casa y escamas por la cara para experimentar lo que algunos llaman felicidad. ¿Felicidad?

Imagínate que pudieras tomarte una pildorita para dejar de preocuparte, una pastillita -legal- al estilo Matrix que te ayudara a dejar todas tus paranoias mentales en el mismo sitio en el que te limpias los pies al entrar en casa. ¿Lo harías?

Nosotros no somos farmacéuticos pero sí somos expertos en complacerte así que hemos decidido ayudarte y te vamos a dar recetas exprés para poder darle al botón de OFF y desenchufar sin necesidad de cortarte las venas a base de ver a la Esteban o Mercedes Milá por televisión.

1. Lo primero que debes conocer es un proverbio de origen desconocido que dice algo así como: Si un problema tiene solución, ¿para qué preocuparse? Y si no la tiene, ¿para qué preocuparse? Qué fácil es decirlo, ¿verdad? ¡Cómo se nota que no somos nosotros los que tenemos ese percal montado! Pero si te paras a pensarlo tiene bastante razón, si tratas de mantener la cabeza fría es posible que seas mucho más capaz de encontrar una solución que si te dejas invadir por los miedos; ayuda más pensar en construir y en tratar de encontrar soluciones a las cosas que regocijarte en lo malo  o seguir poniendo pegas. Haz una lluvia de ideas -ya tendrás tiempo de descartar las que son inviables-, contrasta con gente de confianza para obtener otros puntos de vista y decidir, imagina que un amigo te está pidiendo consejo y háblate como le hablarías a él para ganar objetividad…

2. Priorizar. El que mucho abarca poco aprieta. Es mejor dedicar un poco de tiempo a organizarse y estructurar un plan de acción que ponerse a hacer sin ton ni son. ¿Qué es lo importante y urgente? ¿Qué es lo que puede esperar? No siempre lo urgente es importante y viceversa.

3. ¿Y si no le gusto? ¿Y si me echan? ¿Y si me deja? ¿Y si…? ¿Y si viene la nave de Independance Day y se carga nuestro bar preferido? ¡Pues qué putada! Pero si pasa, va a pasar igual, te preocupes por ello o no. Quedarnos estancados en el ‘y si’ no sólo nos roba energía sino que provoca que seamos menos resolutivos. Si eres un huevo y te van a hacer tortilla, va a ocurrir te preocupes por ello o no, así que no permitas que condicione tu día a día.

4. Lo que nos lleva a predecir el futuro. Si Aramis Fuster o Encarna Gracia no aciertan, tú tampoco. Adelantarnos es útil sólo si tratamos de encontrar formas de salvar los posibles peros que podamos encontrarnos en el camino. Además, si vas a sacar la bola de cristal cuando tengas un nubarrón en la cabeza, es posible que tiendas a recordar sólo lo que salió mal, pero céntrate en encontrar momentos similares en los que hayas salido con éxito de la situación; si rebuscas seguro que lo encuentras y te ayudará a focalizar en estrategias útiles.

5. Hechos. Hace 38 grados pero es posible que haya tormenta así que voy a abrir el paraguas ahora mismo. ¿Lógico? Basarse en suposiciones es siempre eso: suponer. Es más fiable basarnos en hechos concretos a la hora de predecir y para actuar en el presente.

6. Envidiosina, la madre de toda oficina. Te importa más lo que opina la gente cuando no valoras o te importa poco lo que opinas tú. ¿Conoces esa canción de ‘A quién le importa‘? Cuando nos preocupa tanto lo que digan los demás, pregúntate por qué te preocupa tanto a ti. Céntrate en lo que tú tienes que hacer, sal de corrillos y deja que el tiempo coloque a cada uno en su lugar.

7. Frena, para. Si ves que entras en bucle y no paras de pensar en algo de forma obsesiva, frena. Desde ahí te va a ser muy complicado encontrar la salida del laberinto así que ha llegado el momento de parar de pensar (sí, se puede) y hacer actividades diferentes: haz algo que te distraiga, ponte una película, vete a correr, apúntate a un taller de encaje de bolillos, mírate vídeos de Remi Galliard por internet o visita a ese amig@ tan salao’ que siempre te hace reír. Si ves que la cosa se pone fea, dedica un tiempo concreto al día para pensar en ello, en serio, márcate un horario y oblígate a concentrarte únicamente en eso durante ese tiempo.

8. Seguro que no todo es malo. Enfádate, llora, patalea si realmente lo necesitas. Pero… ¿te vas a quedar permanentemente en ese estado? ¿Vas a permitir que te salgan miles de arrugas por fruncir el ceño o que tu día de viaje sea una mierda porque la agencia de viajes se ha equivocado? No merece la pena y si te centras en mirar lo malo, te vas a perder lo divertido.

9. ¿Qué puedes hacer TÚ? No podemos controlar todo lo que pasa a nuestro alrededor ni sacar hilos para manejar a las personas de nuestro alrededor, pero sí podemos intentar manejar lo YO pienso, lo que YO siento, lo que YO hago.

10. Relativiza. ¿De verdad es tan importante? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Tus problemas importan, ¡claro que importan! Pero la verdad es que está demostrado que incluso si estamos hablando de algo grave como por ejemplo padecer una enfermedad, el cuerpo responde biológicamente mejor cuando nuestra actitud mental se mantiene positiva. Como el anuncio de Martini decía… La suerte es actitud (gitana bailando), y en parte no se equivocaba.

Si Bob Marley se hizo famoso mundialmente cantando ‘Don’t worry, be happy’… No es sólo porque sea pegadiza.

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