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Corazones rotos con hambre de amor

Hay una frase ánonima que dice que «algún día, alguien te abrazará tan fuerte, que todas tus partes rotas se juntarán de nuevo»; pero mientras llegan esos brazos, vas a tener que estirar los tuyos todo lo posible para poder cubrir tu espalda con ellos y encajar las piezas al máximo.

No soy suficiente. Suficientemente buena, capaz, sexy, hábil, inteligente, divertido, guapo… No eres lo suficiente para esa persona que amas o admiras, para tus padres, para desarrollar esa tarea u ocupar ese puesto de trabajo con el que sueñas. Pero justo cuando miramos hacia los demás buscando la solución y el reconocimiento, encontramos el primer problema: no eres lo suficiente bueno, para ti mismo.

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Haber crecido en un entorno que te ha hecho sentirte querido y apreciado, ayuda a crear un sentimiento de amor y pertenencia, a echar raíces que ayudarán a sujetar el tronco de tu árbol cuando el viento sacuda con fuerza sus ramas el día de mañana. Un entorno violento, muy crítico, pérdida de personas importantes, discusiones o faltas de respeto continuas. ¿Qué pasa cuando, por el motivo que sea, no se ha podido experimentar ese sentimiento de amor y pertenencia?  ¿O qué ocurre cuando sin saber por qué hace ‘crack’ y se rompe sin querer? Incluso cuando mi árbol está creciendo fuerte y sano, criando ricos frutos, puedo tener la sensación de que son amargos, o que una ráfaga puede tumbarlo en cualquier momento; en el fondo siento que el tronco y las raíces no son lo suficientemente fuertes.

Brené Brown lo explica de forma fantástica en esta charla TED, el poder de la vulnerabilidad que, si no puedes ver ahora mismo porque no te carga el vídeo en el metro, o estás en tu oficina y necesitas disimular, te recomendamos que marques en la lista de imprescindibles.

Uno de los dolores más grandes en relación al amor surge no sólo cuando piensas que los demás reciben algo que tú no (celos, sentimiento de inferioridad… ¿Os suena?) , sino cuando además sientes que tú no lo recibes por ser tú: por ser quién eres, por ser como eres. La injusticia duele y enfada, pero no se clava tanto en las costillas ni cría nudos tan grandes en la garganta.

Y sin quererlo, de repente nos encontramos con el corazón vacío, nos encontramos muertos de hambre. Hambre de amor, que es como el hambre de los abuelos de la posguerra, que ahora llenan su plato de «por si acasos», «por todas aquellas veces que no tuvieron», aquellos que muestran un apetito feroz porque comen todo lo que nunca pudieron comer. Pero están buscando comida en el lugar equivocado, en la cocina de los demás, y han olvidado mirar en su propia nevera; tal vez ni siquiera saben que la tienen, porque les han hecho pensar que la suya está vacía o no merece la pena, porque la han abierto y han mirado con los ojos ciegos de un corazón roto.

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En busca de ese amor y reconocimiento que (creen que) les falta, inician una cruzada incluso a través de los amores más imposibles o tóxicos, generando relaciones de dependencia emocional, aguantando y permitiendo actuaciones que en un principio jamás hubieran imaginado. Los límites se vuelven difusos por el miedo a establecerlos y perder lo que más se desea. Cuando en la base de mi ser siento que no soy digno de amor, estaré dispuesto a permitir cosas intolerables.

<<Para que exista una conexión real, los demás tienen que poder vernos, vernos de verdad>> El miedo a la desconexión de las personas con las que queremos conectar, entorpece la señal de conexión.

Quizá es hora de empezar a pensar que somos suficiente, somos dignos de amor; vengamos de donde vengamos, a pesar del daño que nos hayan hecho, tenemos derecho a ser felices. No sentir dolor no me hace ser más fuerte, sólo endurece mi corazón; la llave de nuestros mayores miedos siempre estará dentro de esa coraza, y para conseguir la felicidad, hay que romperla.

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Hay que ser más amable con uno mismo, tienes derecho a sentir amor y dolor. Reconocerte como imperfecto y permitírtelo te hará relacionarte mejor con los demás, porque serás capaz de relacionarte mejor contigo mismo y poner límites a lo que no quieras tolerar. No es mejor profesor quien piensa que lo sabe todo, sino quien sabe que comete errores y trabaja para cambiarlos. No nos referimos a exhibir la vulnerabilidad, hablamos de aceptarla y no tratar de esconderla a toda costa, hablamos de considerarnos dignos de amor. Sin embargo, una cosa es decir algo desde la boca y el cerebro, y otra muy distinta contarlo desde el estómago y el corazón.

Una vez que entiendes esto -desde las entrañas- no hay vuelta atrás, ya no puedes engañarte. Ya no querrás jugar a fingir quien no eres. Amar sin garantías y permitirse ser vulnerable parece fácil, hasta que toca esa fibra sensible, ese miedo, tu miedo. Pero una vez que lo reconoces, empiezas a ser más auténtico y quererte un poquito más.

Cada persona lo afronta a su tiempo y en su momento. Muchos se irán, otros se quedarán, pero eso no significa que no hayas sido suficiente, o que no seas digno de amor. Eso sí, una cosa es decirlo, y otra, creérselo.

 

Año nuevo. Viejos miedos.

¿Tienes miedo? Yo sí.

No sé cómo irán las cosas a partir de ahora pero me he propuesto seguir adelante sin ti.

Sé que tu intención ha sido protegerme, evitar que cometiera errores, pero creo que tengo que separarme de ti. Esta relación me está haciendo daño, ya no es bonita ni sana.

Soy consciente de que una parte de lo que me cuentas siempre tiene sentido pero a veces te siento tan incrustado dentro de las entrañas que creo que te apoderas de todo lo demás. Te apoderas de mí.

te has hecho muy grande y yo muy pequeña.

A veces te alojas en mis costillas y me cuesta incluso respirar, es cuando me visita tu amiga la ansiedad.

No me dejas avanzar, las ideas se convierten en “peros” y las oportunidades en nidos de dudas e inseguridades. ¿Seré capaz? ¿Gustará? ¿Me estoy equivocando? ¿Y si no sale bien?

Pero me he dado cuenta de que no pasa nada por tropezarse, el problema es encariñarse con la piedra.

Y tú eres mi piedra ahora mismo. Por eso he decidido decirte adiós, estás demasiado presente en mi vida y no me dejas ser yo misma. Me bloqueas, haces que me ponga a la defensiva o me enfade sin yo querer.

Quiero pensar en ideas para construir y no tanto en razones para desmontar.

Llevo toda la vida contigo y no sé cómo voy a separarme de ti. Recordaré todo lo que me has enseñado, siempre estarás presente, pero no puedo permitirte seguir haciéndolo de esta forma porque así no es sano vivir. No va a ser nada fácil, sé que a veces te llamaré a gritos, pero te pido que por favor guardes las distancias si de verdad quieres cuidarme.

Quiero poder vivir el presente y disfrutarlo, ser feliz sin preocuparme tanto por lo que digas. Y para eso sólo conozco una solución:

Tengo que despedirme de ti, tienes que dejarme ir para que pueda volver a ser grande. 

Es hora de que construya mi vida sin tanto miedo. Tengo que decirte adiós, miedo.

¿Te suena?

El miedo. La sustancia base de todas nuestras inseguridades. La preocupación por el rechazo, por no gustar, por quedarse solo, por equivocarse, por no ser lo suficientemente bueno, inteligente, divertido o guapo. El miedo a la inestabilidad, a fracasar, a decir adiós, a perder a las personas que queremos, (¡ese gran encendedor de los celos!). El miedo, un sentimiento muy conocido que se instala en nuestra tripa y nos aprieta el corazón dejando a nuestro cerebro sin palabras de aliento.

Lo curioso es que este sentimiento acaba provocando aquello que más tememos, porque no nos permite intentar lo que deseamos con toda la fuerza, ya que una gran parte de ella está concentrada en controlar esos pensamientos que nos destruyen y nos incapacitan.

El miedo a ser lo que no queremos ser puede convertirnos precisamente en ello sin querer, ya que de la mano de las inseguridades se nos escapan todas las armas que tenemos, y que como personas nos hacen diferentes, especiales y resilientes.

Tener miedo no es malo, es algo normal que experimentan todas las personas, cumple una función de protección y puede expresarse de muchas formas; está muy relacionado además con la ansiedad, rabia, tristeza… El verdadero problema se pone de manifiesto cuando hace que dudemos con mucha frecuencia de nosotros mismos, paralizándonos, entonces es necesario rebuscar, ver qué es aquello que me hace sentir tan inseguro y cambiarlo. Cuando nosotros asumimos la responsabilidad sobre nuestras emociones, se hace más fácil tomar control y manejarlas.

Si sientes que te invaden los miedos o las dudas, pide ayuda, háblalo con las personas de tu entorno, acude a un profesional, pero sobre todo, habla con tu propio miedo; sí, sí, en serio, como si fuera una persona. No hace falta que lo hagas en medio de la calle dando vueltas de un lado a otro como el vagabundo de la esquina con los pantalones orinados. Manten un diálogo interno, pregúntale qué es lo que le preocupa para que puedas tomar conciencia y actuar de otra forma.

También ayuda tratar de encontrar frases positivas cada vez que te visite uno de estos pensamientos destructivos; por ejemplo cambia un «no sé hacer ni un huevo frito sin quemarlo»  por un «esta vez me ha salido mal pero la próxima vez me saldrá mejor», «cocinar no se me da tan bien pero soy un experto arreglando bicis». Cuando cometemos un error en un espacio y tiempo, tendemos a hacer un juicio de valor y generalizarlo a toda nuestra vida: «un hoy metido la pata haciendo x» se convierte en un «soy un desastre y siempre meto la pata». Lo que nos inseguriza y nos crea aún más miedo en el futuro.

Piensa qué te diría alguien que siempre te haga sentir mejor o con más confianza, ese amigo o familiar que siempre nos recuerda todo lo bueno de nosotros, y no pensar precisamente en lo que nos dice ese cuñado tiquismiquis y toca***** en la cena de Navidad sobre el equivocado rumbo que está tomando nuestra vida.

Hay que tirarse a la piscina de vez en cuando si de verdad es algo que nos importa.

Adiós miedo. Hola 2016.

 

 

 

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