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¿Qué piensas que le diría una prostituta a su cliente?

¿Sabías que el 80% de las prostitutas en España ejercen la prostitución contra su voluntad? ¿y que en todo el mundo hay alrededor de 4,5 millones de personas que son víctimas de explotación sexual forzosa, la mayoría de las cuales son mujeres y niñas?. Cifras más que alarmantes que nos demuestran una realidad a la que se cierra los ojos.

«Esos hombres que sienten que tienen el derecho de satisfacer sus necesidades sexuales usando los orificios del cuerpo de otras personas»

¿Dinero fácil?, eso es lo que muchos piensas cuando se habla de prostitución y nada más lejos de la realidad. ¿Os imagináis tener que dar placer a un hombre que sólo os provoca ganas de vomitar?, si os hacéis esta pregunta a vosotros mismos seguro que tendréis una respuesta sencilla, pero de ejecución complicada y, eso es lo que nos han querido mostrar Caroline Norma y Melina Tankard. Un ostiazo con la realidad, una declaración de intenciones, así es Prostitution Narratives: Stories of Survival in the Sex Trade‘ (Narraciones prostitutas: historias de las supervivientes del comercio del sexo), un recopilatorio de historias más que duras, en el que testimonios íntimos de trabajadoras del sexo nos hacen partícipes de qué se siente dando placer sin sentirlo. Historias duras, bizarras y que rápidamente nos hacen entender que no todo es lo que parece.

El testimonio de la exprostituta Tanja Rahm, que forma parte del libro, ha conseguido convertirse en todo un fenómeno viral al dejar con los ojos como platos a todo aquél que se atreve a leer los pensamientos de Rahm. Esta danesa que ahora es terapeuta y sexóloga, dedica en 19 párrafos todos sus vómitos hacia «esos hombres que sienten que tienen el derecho de satisfacer sus necesidades sexuales usando los orificios del cuerpo de otras personas». Si quieres saber ¿qué le diría una prostituta a su cliente?, no te pierdas esta impactante carta.

Querido cliente,

Si piensas que alguna vez me he sentido atraída por ti, estás terriblemente equivocado. Nunca he deseado ir a trabajar, ni siquiera una vez. Lo único en mi mente era hacer dinero, y rápido. Que no se confunda con el dinero fácil; nunca fue fácil. Rápido, sí. Porque rápidamente aprendí los muchos trucos para conseguir que te corras pronto para poder sacarte de mí, o de debajo de mí, o de detrás de mí.

Y no, nunca me excitaste durante el acto. Era una gran actriz. Durante años he tenido la oportunidad de practicar gratis. De hecho, entra en la categoría de multitarea. Porque mientras tú te tumbabas ahí, mi cabeza estaba siempre en otra parte. En algún sitio donde no tuviese que enfrentarme contigo acabando con mi respeto hacia mí misma, ni pasar 10 segundos pensando en lo que ocurría, o mirándote a los ojos.

Si pensabas que me estabas haciendo un favor por pagarme por 30 minutos o una hora, te equivocas. Preferiría que hubieses salido y entrado tan rápido como pudieses.

Cuando pensabas que eras mi príncipe azul, preguntándome qué hacía una chica como yo en un sitio como ese, perdías tu halo cuando pasabas a pedirme que me tumbase y centrabas todos tus esfuerzos en sentir mi cuerpo todo lo que pudieses con tus manos. De hecho, hubiese preferido si te hubieses tumbado de espaldas y me hubieses dejado hacer mi trabajo.

Estaba tan cansada que a menudo tenía que tener cuidado de no quedarme dormida mientras gemía con el piloto automático. Cuando pensabas que podías estimular tu masculinidad llevándole al clímax, debes saber que lo fingía. Podría haber ganado una medalla de oro por fingir. Fingía tanto, que la recepcionista casi se caía de la silla riéndose. ¿Qué esperabas? Eras el número tres, o el cinco, o el ocho de ese día.

¿De verdad pensabas que era capaz de excitarme mental o físicamente haciendo el amor con hombres que no elegía? Nunca. Mis genitales ardían. Del lubricante y los condones. Estaba cansada. Tan cansada que a menudo tenía que tener cuidado de no cerrar mis ojos por miedo a quedarme dormida mientras mis gemidos seguían con el piloto automático. Si pensabas que pagabas por lealtad o charlar un rato, debes volver a pensar en ello. No me interesaban tus excusas. Me daba igual que tu mujer tuviese dolores pélvicos, o que tú no pudieses salir adelante sin sexo. O cuando ofrecías cualquier otra patética excusa para comprar sexo.

Cuando pensabas que te entendía y que sentía simpatía hacia ti, era todo mentira. No sentía nada hacia ti excepto desprecio, y al mismo tiempo destruías algo dentro de mí. Plantabas las semillas de la duda. Duda de si todos los hombres eran tan cínicos e infieles como tú. Cuando alababas mi apariencia, mi cuerpo o mis habilidades sexuales, era como si hubieses vomitado encima de mí. No veías a la persona bajo la máscara. Solo veías lo que confirmaba tu ilusión de una mujer sucia con un deseo sexual imparable.

De hecho, nunca decías lo que pensabas que yo quería oír. En su lugar, decías lo que necesitabas oír. Lo decías porque era necesario para preservar la ilusión, y evitaba que tuvieses que pensar cómo había terminado donde estaba a los 20 años. Básicamente, te daba igual. Porque solo tenías un objetivo, y era mostrar tu poder pagándome para utilizar mi cuerpo como te apeteciese.

Cuando una gota de sangre aparecía en el condón, no era porque me hubiese bajado el período. Era porque mi cuerpo era una máquina que no podía ser interrumpida por el ciclo menstrual, así que metía una esponja en mi vagina cuando menstruaba. Para ser capaz de continuar entre las sábanas.

Y no, no me iba a casa después de que hubieses terminado. Seguía trabajando, diciéndole al siguiente cliente la misma historia que habías oído. Estabas tan consumido por tu propia lujuria que un poco de sangre menstrual no te paraba.

Cuando venías con objetos, lencería, disfraces o juguetes y querías juego de roles erótico, mi máquina interior tomaba el control. Me dabais asco tú y tus a veces enfermizas fantasías. Lo mismo vale para esas veces que sonreías y decías que parecía que tenía 17 años. No ayudaba que tuvieses 50, 60, 70 o más. Cuando regularmente violabas mis límites besándome o metiendo los dedos dentro de mí, o quitándote el condón, sabías perfectamente que iba contra las reglas. Estabas poniendo a prueba mi habilidad para decir que no. Y lo disfrutabas.

A veces no me quejaba lo suficiente, o simplemente lo ignoraba. Y lo utilizabas de manera perversa para mostrar cuánto poder tenías y cómo podías traspasar mis límites. Las prostitutas existen porque eres un misógino, y porque solo te preocupan tus necesidades sexuales. Cuando finalmente te regañaba, y dejaba claro que no te iba a volver a tener como cliente si no respetabas las reglas, me insultabas a mí y mi papel como prostituta. Eras condescendiente, amenazador y maleducado.

Cuando compras sexo, eso dice mucho sobre ti, de tu humanidad y tu sexualidad. Para mí, es un signo de tu debilidad, incluso cuando lo confundes con una especie de enfermiza clase de poder y estatus. Crees que tienes derecho. Quiero decir que las prostitutas están ahí de todas formas, ¿no? Pero solo son prostitutas porque hombres como tú se interponen en el camino para una relación saludable y respetuosa entre hombres y mujeres.

Las prostitutas solo existen porque hombres como tú sienten que tienen el derecho de satisfacer sus necesidades sexuales usando los orificios del cuerpo de otras personas. Las prostitutas existen porque tú y la gente como tú sienten que su sexualidad requiere acceso al sexo siempre que les apetece. Las prostitutas existen porque eres un misógino, y porque te preocupan más tus propias necesidades sexuales que en las relaciones en las que tu sexualidad podría florecer de verdad.

Cuando compras sexo, revelas que no has encontrado el corazón de tu sexualidad. Me das pena, de verdad. Eres tan mediocre que piensas que el sexo consiste en eyacular en la vagina de una extraña. Y si no hay ninguna a mano, no tienes que ir más lejos que a la esquina de tu calle, donde puedes pagar a una mujer desconocida para ser capaz de vaciarte en una goma mientras estás dentro de ella.

Qué hombre frustrado y lastimoso debes ser. Un hombre incapaz de crear relaciones profundas e íntimas, en las cuales la conexión sea más íntima que tu eyaculación. Un hombre que expresa sus sentimientos a través de sus clímax, que no tiene la habilidad de verbalizarlos, sino que prefiere canalizarlos a través de sus genitales para librarse de ellos. Qué masculinidad débil. Un hombre verdaderamente masculino nunca se degradaría pagando por sexo.

En lo que concierne a tu humanidad, creo en la gente de bien, incluido tú. Sé que dentro tienes una conciencia. Que te has preguntado en silencio si lo que hacías era ética y moralmente justificable. También sé que defiendes tus acciones y probablemente piensas que me has tratado bien, que fuiste amable, nunca malvado y que no violaste mis límites. Quizá pienses que me hiciste un favor y me diste un respiro hablándome del tiempo, o un pequeño masaje antes de penetrarme.

Pero ¿sabes qué? Se llama evadir tu responsabilidad. No estás enfrentándote a la realidad. Te engañas pensando que la gente a la que compras no ha sido comprada. No han sido forzadas a prostituirse. Quizá pienses que me hiciste un favor y me diste un respiro hablándome del tiempo, o me diste un pequeño masaje antes de penetrarme. No me hiciste ningún favor. Todo lo que hiciste fue confirmar que no merecía más. Que era una máquina cuya función primaria era dejar a los otros aprovecharse de mi sexualidad.

Tengo muchas experiencias en la prostitución. Me han permitido que te escriba esta carta. Pero es una carta que preferiría no haber escrito. Ojalá hubiese podido evitar estas experiencias. Tú, por supuesto, te consideras como uno de los clientes buenos. Pero no hay clientes buenos. Solo aquellos que confirman la visión negativa de las mujeres sobre sí mismas.

Sinceramente,

Tanja Rahm”

La carta del ilustrador que se negó al trabajo precario

Vivimos momentos de crisis, eso lo sabemos, pero también somos conocedores de la realidad que sufren los jóvenes que intentan hacerse un hueco en el mercado laboral y cómo algunas profesiones comienzan a considerarse precarias. Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) que corresponden con el tercer trimestre de 2015, muestran que de los casi 15 millones de asalariados, 11,04 millones tiene un contrato indefinido, mientras que algo menos de cuatro millones cuentan con un empleo temporal. Según la Encuesta de Población Activa, uno de cada tres trabajadores con un empleo precario tiene estudios universitarios y sufren los abusos de grandes compañías y empresas que se aprovechan de la situación laboral por la que está pasando nuestro país.

«Mi carta no es un ataque contra nadie. Es una invitación a la reflexión. Luego, cada uno, que haga lo que estime conveniente. Mi intención es la de ayudar y seguir ayudando a los que empiezan.»

La ilustración es una de ellas. Cada día multitud de ilustradores que comienzan a dar sus primeros pasos sufren los abusos de quienes se aprovechan de esta situación, desvalorando y desconsiderando el arte. Pero Miguel Calero decidió que era el momento de decir ¡Basta! ante los abusos de algunas «startups» y escribir en su propio blog una carta abierta a todos los ilustradores que por unos motivos u otros deciden aceptar trabajos precarios, haciéndoles reflexionar sobre las posibles consecuencias de aceptar ese tipo de condiciones. «Es un insulto a su talento, porque son injustas, porque no benefician a nadie más que a quien explota su esfuerzo en su propio beneficio. Básicamente, les invito a decir NO por la dignidad de la profesión y de ellos mismos como profesionales. Porque clientes que están dispuestos a pagar justamente por el trabajo realizado, también existen.»

Me gustaría, por favor que, aunque veáis un post bastante extenso, hagáis el esfuerzo de leerlo. Especialmente si sois de la profesión o, con mayor motivo, si pretendéis serlo.

Hace un año y pico, me llegó una oferta para hacer un trabajo de ilustración. Se trataba de realizar entre 21 y 24 ilustraciones para unos cuentos para tablets. El precio, 300€ en concepto de adelanto de ventas. Me ofrecían el 10% de los beneficios de la aplicación. La store se queda con el 30%, por lo que sería el 10% del 70%. Esto es un 7%. A un precio que ronda los 1,79€ quedarían 0,125€ para el ilustrador. Echando cuentas rápidas, para amortizar los 300€ que te dan de «anticipo» a fondo perdido, tienen que vender 2.400 aplicaciones. Mi respuesta fue educada y argumentada, a la par que extensa. No fue un “NO” porque no. A veces me empeño en hacer didáctica porque, supongo, aún no he perdido la esperanza. Su respuesta no la voy a calificar de chulesca, pero sí tenía un puntito entrerecriminatorio y sobrado (“hay ilustradores que apuestan y colaboran con nosotros, y otros que no…”) que no me gustó nada.

Bien, pues hoy, me vuelve a llegar un correo de la misma empresa y persona. Las condiciones en esta ocasión, obvian los porcentajes de ventas, y se convierten en un único pago de 450€ para 24-26 ilustraciones. Me dicen, además, que los otros ilustradores lo suelen tener listo en mes y medio o dos meses. A mí, para empezar, ofrecer a alguien 450€ por mes y medio o dos meses de trabajo, ya me parecería como para hacerlo con la cabeza gacha y la voz quebrada.

Observo que, después de año y pico desde que me contactaran por primera vez, han publicado nada más y nada menos, que la nada desdeñable cifra de 19 aplicaciones ilustradas. De ellas, ya estaban publicadas, si la memoria no me falla, unas 8 en aquella fecha. Evidentemente, problema para conseguir ilustradores con las condiciones ofertadas, no han tenido.

Por eso hoy, el destinatario de esta “carta abierta” no son las editoriales o empresas, me da igual si grandes o “startups”, que ofrecen estas condiciones a los ilustradores. A ellos les da igual lo que yo pueda decirles, y doy la batalla por perdida antes de lucharla. Es a los ilustradores e ilustradoras que aceptan estas condiciones a los que me gustaría dirigirme.

Ante todo, vaya por delante que lo que aquí voy a expresar, está escrito desde mi más absoluto respeto. No pretendo juzgar a nadie, porque no soy quién para hacerlo. Pero creo que estas circunstancias me afectan lo suficiente como para dar mi opinión y exponer mi malestar. No con la intención de sermonear a nadie, si no más bien tratando de incitar a la sana reflexión.

Por eso, estimado/a compañero/a de profesión, me gustaría decirte lo siguiente:

Ignoro cuáles pueden ser las razones que te hayan llevado a aceptar estas condiciones de trabajo. Si bien puedo respetar que cada uno haga con su vida lo que quiera, permíteme que te diga que, aceptándolas, estás perjudicando y mucho a todo un colectivo de profesionales. Y esas razones que tú crees que justifican el que lo hagas, probablemente, sean equivocadas.

Quizás estás empezando y te hace mucha ilusión publicar algo al precio que sea. El dinero no es importante, claro. Lo importante es que, por fin, vas a poder ver tus dibujos publicados. El dinero no es importante siempre y cuando no estés pagando una hipoteca o el alquiler de un local para desarrollar tu actividad. O tengas que pagar tus seguros sociales como autónomo todos los meses (en torno a los 300€ mensuales). No es importante si no has tenido que pedir un crédito para comprarte un ordenador decente que te ha costado más de 2.000€. Y una tableta gráfica, claro, imprescindible si quieres hacer ilustración digital. Por no mencionar el resto de material que utilizamos los ilustradores que, barato precisamente, no es. No, es verdad. El dinero no es importante. Todas estas cosas caen del cielo y normalmente, se pagan con ilusión. Ironías aparte, perdóname, pero creo que aceptar estas condiciones por cumplir la ilusión de publicar, es una razón equivocada.

Quizás has pensado que, lo realmente importante sea empezar en este “mundillo” de la ilustración, meter la cabeza al precio que sea. Una vez que tengas experiencia, ya exigirás precios y condiciones más decentes. Pues, lo siento otra vez, pero vuelves a equivocarte. Porque resulta que este “mundillo” es mi profesión. Y esta profesión está cada vez más hundida gracias a que siempre hay alguien dispuesto a hacer estos trabajos por esos precios. Y ten por seguro que cuando tú, ya fuera del nido protector en el que a buen seguro la mayoría aún estáis, necesites pagar tus seguros sociales, tu alquiler, tu equipo de trabajo, tus materiales, tu manutención, etc., no podrás permitirte cobrar 300 o 400€ por dos meses de trabajo. Y ¿sabes qué? Efectivamente. Habrá gente que sí. Y tú no podrás vivir de tu profesión, de tu trabajo, de tu pasión. Y probablemente te quejarás como yo lo hago ahora, pero con menos razón. Porque yo jamás aceptéunas condiciones similares ni aún cuando empezaba. Y tú sí. Por eso creo que esta razón también es errónea. Porque lo haces para entrar en una profesión que sin proponértelo, y de esto no me cabe la menor duda, estás ayudando a destruir.

Quizás has pensado, cuando te hayan ofrecido porcentaje de ventas, que lo vas a petar con esto de las apps. Ante esto no puedo más que darte algún consejoproducto de la experiencia. Estas startups suelen tener subvención del ministerio de cultura (como puede verse en sus páginas web). Con esto quiero decir que ellos no van a perder dinero. Y cuando te piden que apuestes por ellos, piensa que su apuesta es segura, y que es muy fácil apostar con el dinero y la ilusión de los demás. No caigas en la trampa. Tu trabajo, tu tiempo y sobre todo, tu talento, tienen un precio. Porque seguramente has dedicado muchas horas para llegar a dibujar e ilustrar como lo haces. Muchísimas horas y dinero en formación. Si nadie duda que eso hay que pagarlo en el caso de un ingeniero, un médico, un abogado o un piloto de avión, no veo que sea tan difícil de entender con los artistas o creadores gráficos. Da igual que lleves unos meses intentando abrirte camino, o lleves años batiéndote el cobre en la profesión. El cliente que te propone publicar tus trabajos, lo hace porque espera ganar dinero con ello. O con ventas o con las ¿benditas? ¿malditas? subvenciones. Justo es que recibas unas retribuciones, en función del trabajo que realices. Dos meses de trabajo por 450€ no es una retribución adecuada.

Sin embargo, si eres un profesional de amplia experiencia en el mundo de la ilustración, sinceramente, no tengo ni la más remota idea de qué razones has tenido para aceptar tales condiciones. No me lo tomes a mal. Simplemente no se me ocurre ninguna.

Quiero terminar invitando a todos a la reflexión y a la autocrítica. Nos quejamos y con razón, de que los estamentos públicos, lejos de favorecer el desarrollo de la cultura y apoyar a los creadores y artistas, se dedican a ponernos palos en las ruedas. No creo necesitar poner ejemplos muy recientes sobre esto. Por eso es aún más triste que seamos nosotros mismos los que estemos poniendo nuestro granito de arena para, de manera consciente o inconsciente, terminar de enterrarnos. Difícilmente respetará nadie nuestro trabajo, si los primeros en no valorarlo somos quienes lo realizamos.

Gracias si has llegado hasta aquí leyendo este “tocho”. Medita lo que expongo y argumento. Difúndelo si crees que, de alguna manera, puede servir de guía u orientación a alguien. No quiero notoriedad. Quiero que la gente se conciencie. Me gustaría que mi profesión, a la que amo profundamente, tuviera un futuro algo más prometedor que lo que últimamente las circunstancias me llevan a pensar que tendrá.

Como era de esperar, esta declaración de intenciones tendría su respuesta y, quizás no sería la esperada.

respuesta

Ante estos comentarios de aparentemente un «profesional» del mundo editorial; Calero matizó:  «Mi intención es la de ayudar y seguir ayudando a los que empiezan. Siempre lo he hecho. Jamás he negado un consejo desde mi humilde posición a quien me lo haya pedido. Tanto si es una persona conocida, como un desconocido que me manda un mensaje en Facebook. De hecho, mi carta no es un ataque contra nadie. Es una invitación a la reflexión. Luego, cada uno, que haga lo que estime conveniente. «

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