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25 años sin la elegante sencillez de Audrey Hepburn

Una madrugada, la Quinta Avenida, una joven elegante vestida con un elegante vestido negro contempla el escaparate de la emblemática joyería Tiffany’s mientras toma un café y un cruasán… Aquel icónico e inconfundible retrato, rubricado por Blake Edwars, define en breves segundos la elegante sencillez que caracterizaba a Audrey Hepburn. Hoy, cuando se cumplen 25 años de su fallecimiento, rendimos homenaje a aquella joven alegre y risueña que enamoró al propio cine en ‘Vacaciones en Roma’.

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Terry O’Neill: el fotógrafo de los artistas

Terry O’Neill, nacido en Londres en 1938, es un fotógrafo que ha retratado a lo largo de su dilatada trayectoria profesional a infinidad de artistas de la talla de The Beatles hasta Kate Moss, pasando por Frank Sinatra, Elton John, Ava Gardner, Naomi Campbell e incluso Audrey Hepburn entre muchos otros.

Su carrera comenzó por casualidad. Su sueño era convertirse en músico, por ello decidió emprender un viaje con billete de ida a Estados Unidos en la década de los 60 e iniciar su carrera al otro lado del charco. Fue justo antes de salir de Londres donde, de manera espontánea, realizó una fotografía que marcaría su futuro. En ella caza a Rab Butler, el entonces ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, mientras dormía en el mismo aeropuerto. Un periódico de la época compró la fotografía y su carrera profesional dio un giro total.

Fue uno de los pioneros en aquello de retratar a artistas y grupos de música. De hecho fue él quien tomó la primera instantánea de The Beatles -en el patio de los estudios de Abbey Road- publicada en la portada de un periódico en pleno fervor del fenómeno beatle. Ahí comenzó una larga y bella amistad con el cuarteto de Liverpool, sobre todo con Ringo Starr.

Su estilo siempre ha estado basado en recoger la espontaneidad de las estrellas basándose en sus tres principios fundamentales: ser invisible, tener paciencia y combinar discreción y relaciones públicas. Con Frank Sinatra trabajó tres décadas acompañándole a todas partes convirtiéndose en ese hombre invisible que fotografiaba cada momento del cantante con su cámara de 35 mm colgada al cuello, y aunque nunca llegaron a ser íntimos el recuerdo de O’Neill en la vida del crooner fue imborrable.

Esta semana aún tendremos la oportunidad de disfrutar de las exposiciones dedicadas a The Rolling Stones y David Bowie, situadas en la Mondo Galería dentro del Hotel Room Mate Óscar en la nueva Plaza de Pedro Zerolo –acuñada recientemente-.

En la primera de ellas, Terry O’Neill junto a alguna fotografía de Gered Mankowitz, nos muestran los primeros años de vida de sus satánicas majestades como banda, centrándose en la época del lanzamiento de su primer disco y que dio como resultado “Breaking Stones. A Band on the Birnk of Supertardom. 1963-1965”. La muestra se compone de 25 fotografías, algunas de ellas inéditas, en sus primeros años en la industria musical.

La segunda exposición tiene como protagonista al ‘Duque Blanco’. La muestra es un homenaje a la carrera del artista camaleónico, fallecido este año, y en la que se exponen también instantáneas inéditas de O’Neill en exclusiva.

Ambas exposiciones estarán hasta el 31 de mayo en la citada Mondo Galería. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Quiero ser como Audrey Hepburn

good-nightNo se equivocó el director Stanley Donen al escogerla como personita entrañable con cara de ángel. Audre Hepburn fue un icono de Hollywood y de la moda, una combinación de sencillez y elegancia que sin duda enamoró al mundo entero. Tal y como Godard quedó prendado de Anna Karina, millones de artistas han retratado a la actriz, bailarina y cantante, en todas su facetas y colores. Por ello, le rendimos un merecido tributo. A continuación repasamos su filmografía, descubrimos curiosidades y disfrutamos de sus mejores ilustraciones y fan arts. ¡Larga vida a Hepburn!

Vacaciones en Roma (William Wyler)

En un primer momento, el papel de la princesa Ana estaba pensado para Elizabeth Taylor, pero finalmente fue Hepburn la elegida. También fue su primer trabajo serio para Hollywood con un actor de renombre, Gregory Peck, que convencido del éxito de su compañera, exigió que el nombre de la actriz apareciera al inicio del film, junto al suyo. Y no se equivocó. Ese año ganó el Oscar. De hecho, la gente ya se había enamorado de Hepburn antes del estreno de la película y fue portada del Time. Como curiosidad o anécdota, durante el rodaje de ‘Vacaciones en Roma’ visitó un famoso taller de vestidos de novia. Allí encargo su vestido de boda, pues Audrey estaba comprometida con el industrial británico James Hanson. Pero la boda fue finalmente cancelada y la actriz dijo a las modistas que regalaran el vestido a una “linda chica italiana” que fuera a casarse pronto y que no pudiera permitirse un diseño como el suyo.

«Soñé que estaba durmiendo en la calle y que, de pronto, se acercó un joven alto y fuerte y me trató bruscamente. Un sueño maravilloso.»

Sabrina (Billy Wilder)

El tema comenzó con mal pie. Humphrey Bogart, estaba empeñado en colocar a su mujer Lauren Bacall en el papel de Sabrina, cosa que finalmente no ocurrió ya que, Wilder, buscaba a una actriz más joven e ingenua. Así que el bueno de Humphrey se pasó de morros todo el rodaje por culpa de la falta de simpatía que, tanto actor como director, expresaban el uno por el otro. Y no contento con ello, cuando le preguntaron cómo era rodar con Hepburn, dijo: «Si no te importa repetir una escena 20 veces…» Agüita colega. Disputas aparte, con esta película nació una amistad entre Givenchy y Audrey que duraría toda la vida. Participaría en el vestuario de prácticamente todos sus vestidos, tanto fuera de la cámara como dentro de ella. Originalmente pensó que diseñaría el vestuario de Katharine Hepburn, ya que nunca había oído hablar de Audrey Hepburn hasta que se la presentaron. También fue la segunda película consecutiva en la que se cortaba el pelo como símbolo de madurez, la primera fue en ‘Vacaciones en Roma’. Y tiene miga la cosa porque a lo largo de su carrera compartiría cartel con actores que perfectamente habrían sido su padre. Gracias a Givenchy comenzaría a ser considerada como uno de los máximos exponentes dentro de la moda, sin contar con que se anotó un tanto más: su segunda nominación al Oscar como Mejor Actriz.

“París es para los enamorados, tal vez por esa razón solo estuve allí 35 minutos.”

Una cara con ángel (Stanley Donen)

Se dice que Fred Astaire tenía pelusa, y parece increíble de concebir pues, en un principio, ambos estaban deseando trabajar juntos. Pero el director comenzó a sentir un gran aprecio por Hepburn y el resto del equipo la adoraba. Audrey mostró entusiasmo por participar en su primer musical, donde demostraría no sólo sus dotes como actriz, sino también como bailarina y cantante, aunque a lo largo de su carrera lo negaran. Nuevamente, Givenchy estuvo a cargo del vestuario.
En ‘Una cara de ángel’ un fotógrafo de una conocida revista de moda busca una modelo excepcional. La casualidad lo lleva a una librería parisina donde, inesperadamente, descubre a una joven y tímida dependienta que reúne todas las cualidades que busca. Decide, entonces, convertirla en la mejor modelo de París. Hepburn desprende una dulzura arrolladora en el papel, incluso para los que huyen de los musicales.

Historia de una monja (Fred Zinnemann)

La película trata sobre una joven perteneciente a la clase media belga (Audrey Hepburn), que ingresa como novicia en un convento. Ya como hermana Lucas, es enviada al Congo a trabajar como enfermera en una misión, aunque en realidad será destinada a un hospital para blancos como ayudante de un cirujano. Fue una de las mejores interpretaciones de su carrera y uno de los mayores éxitos de la Warner. Con 8 nominaciones a los Oscar, desbancó a ‘Ben-Hur’. También fue la película que animó a Hepburn a volcarse en trabajos humanitarios, y la historia de amor que se narra (muy sutil) está considerada por la crítica como uno de los mejores momentos románticos cinematográficos.

Desayuno con Diamantes (Blake Edwards)

La adaptación al cine de la novela de Truman Capote, inmortalizó a la actriz en 1961 como icono del cine, de la moda y de la mujer americana. Ya nadie podría olvidar a una despistada y extravagante Holly que desayuna cada día frente a los escaparates de Tiffanys. Por otro lado, Henry Mancini, compositor de la famosa canción ‘Moon River‘ que interpretaba la actriz en el alfeizar de la ventana (una canción que dio quebraderos de cabeza al compositor), es una de las mejores baladas de la historia a pesar de la intención de Paramount de eliminarla del metraje. Mancini, después de que transcurrieran meses, consiguió escribirla en veinte minutos gracias a Hepburn que, palabras textuales, le sirvió como musa, y también fue la propia actriz quien defendió la canción frente a la productora para que no la retirasen.

«Se tardan exactamente cuatro segundos para ir de aquí a la puerta. Yo le doy dos.»

Charada (Stanley Donen)

Mitad thriller, mitad comedia, mitad romance, dosis de acción, mucha clase… Charada toca todos los palos. Un clásico del suspense con espías, intrigas y tejemanejes que merece la pena visionar, sobretodo para poder disfrutar del dúo Hepburn-Grant. Sin lugar a dudas rescatamos la escena en la que el personaje de Hepburn acude al entierro de su difunto marido, un gag:

No viene demasiada gente. La tenemos a ella, a su amiga Sylvie y al inspector que investiga la sospechosa muerte del difunto Charlie, señor que aprovecha para cortarse las uñas en la última fila de la capilla. Entonces entra el primer tipo, Irrumpe en el ambiente mortuorio sin pronunciar palabra, se acerca al cadáver, estornuda encima, le tose, le esputa todos los gérmenes habidos y por haber, y cuando no le queda ni un sólo moco, se sienta a un lado. Entra el segundo hombre, exactamente con la misma actitud que el primero. Se acerca al cadáver, saca un espejo, lo coloca bajo la nariz del muerto para posteriormente asegurarse que el cristal no se haya empañado y después toma asiento. Entra un tercer caballero pues, éste entra a lo grande, con portazo incluido. Se acerca al muerto, saca una aguja de la gabardina y, sin miramientos, se la clava en una mano al muerto. Con lo cual, lo irrelevante no es que nadie llore su muerte. Lo irrelevante es que todo el mundo necesite comprobar que no se levanta.

«¿Cómo iba a suponer que él era un embustero tan grande como tú?»

My Fair Lady (George Cukor)

Es la versión cinematográfica de la comedia musical de Lerner y Loewe, inspirada en el mito de Pigmalión, obra teatral homónima del escritor irlandés G.B. Shaw. Una comedia divertidísima en la que Henry Higgins (Rex Harrison), lingüista y señorito, debe instruir a Eliza Doolittle (Hepburn) una vendedora de violetas barrio bajera. El poema de «La lluvia en Sevilla» o la escena que transcurre durante las famosas carreras de Ascot (caracterizada por sus opulentos y enormes sombreros) en la que Eliza Doolittle se presenta de punta en blanco, casi parece un florero, es sin duda de las mejores. Ella sólo ha de hablar del tiempo y la salud. Bonito día y qué tal esta usted. De algo tiene que habla Eliza Doolittle.

«Mi tía Gertrudis murió de la gripe. Eso dijeron. Pero yo estoy convencida de que se cargaron a la pobre vieja»

Lo que nunca olvidaría la actriz sería la falta de apoyo que mostró el director al eliminar su voz original de las canciones musicales y sustituirla por la de Marni Nixon. Audrey ya había grabado la gran mayoría de ellas cuando dicha decisión, tomada por el estudio, no le fue avisada hasta la primera semana de rodaje, causando en Hepburn un gran disgusto. Jamás perdonó al director.

Imagen de portada: ilustraciones de Julia Denos para el libro ‘Just being Audrey

Audrey Hepburn aúna cine, arte y moda en el Thyssen

El diseñador francés Hubert de Givenchy

El diseñador francés Hubert de Givenchy

En los próximos dos meses los amantes del cine clásico y la moda tendrán claro su plan de sábado tarde: están invitados por el Museo Thyssen a disfrutar de algunas de las inolvidables películas de Billy Wilder, Blake Edwards, Stanley Donen o Jean Cocteau, entre otros. Todas ellas serán proyectadas en el salón de actos del museo como actividad complementaria a la que está siendo la exposición de la temporada: la dedicada al diseñador francés Hubert de Givenchy. Un éxito justificado no sólo porque supone una ocasión única de contemplar un centenar de prendas excepcionales e icónicas del siglo XX -y pertenecientes a mujeres no menos memorables, como Jackie Kennedy o Grace Kelly-. Esta exposición es, además, irrepetible por la convivencia en las salas de obras de arte textil con exquisitos cuadros de pintura contemporánea de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, realizando un inusual e inspirador diálogo artístico.

La amiga y musa del couturier, Audrey Hepburn, es el hilo conductor de la selección de películas del Ciclo de Cine: Sabrina (1954), Cómo robar un millón (1966), Las zapatillas rojas (1948) o la imprescindible Desayuno con diamantes (1961), cuyo mítico vestido negro puede verse en esta exposición, son algunos de los films que están previstos para las próximas semanas.

La programación, que se podrá ver en versión original subtitulada, se completa con otras dos citas necesarias para los que se hayan quedado con ganas de saber más después de visitar la exposición: la emisión de los documentales Hubert de Givenchy. Une vie de rencontres (2014) cuyo estreno se realizará el próximo 17 de enero y que explica los entresijos de la muestra que acoge el Thyssen, y Balenciaga (2009), referente indispensable para el diseñador protagonista del otoño-invierno en Madrid.

¿Había alguna forma de mejorar la propuesta? Pues sí, ahora es cuando aparece la palabra mágica: gratis. No hay más que hablar, que disfrutéis.

Puedes descargarte el programa aquí.

Ciclo de Cine Givenchy. Museo Thyssen-Bornemisza.

Sábados, del 29 de noviembre de 2014 al 17 de enero de 2015. 19.30 horas

Acceso gratuito hasta completar aforo. Las entradas se pueden retirar en el mostrador de Información desde una hora y media antes del inicio de cada sesión.

Givenchy llega al Museo Thyssen-Bornemisza

«Las suyas son las únicas prendas con las que me siento yo misma. Es mucho más que un diseñador, él es un creador de personalidad”, decía la mismísima Audrey Hepburn de su diseñador fetiche: Hubert Givenchy. Unas prendas que desde hoy y hasta el hasta el 18 de enero de 2015, podrás ver en el Museo Thyssen-Bornemisza gracias a la primera gran retrospectiva del modista francés, creador esencial del siglo XX y leyenda viva de la historia de la alta costura.

La exposición, primera incursión del Museo en el mundo de la moda, está ideada por el propio Givenchy y ofrece un enfoque excepcional de sus creaciones a lo largo de casi medio siglo, desde la apertura en 1952 en París de la Maison Givenchy hasta su retirada profesional en 1996. Ha sido el propio diseñador quien ha seleccionado alrededor de un centenar de sus mejores vestidos, procedentes de museos y colecciones privadas de todo el mundo y muchos de ellos inéditos para el público, que dialogan en las salas con un conjunto de obras de las colecciones Thyssen-Bornemisza.

Desde la fundación de su propia casa de costura, las colecciones de Givenchy han cosechado un éxito continuado. Admirador de la obra de Cristóbal de Balenciaga, de él heredó una forma de hacer y de entender la costura que se caracteriza por la pureza de líneas y volúmenes. Givenchy fue el primer diseñador en presentar una línea de prêt-à-porter de lujo en 1954 y sus diseños vistieron a algunas de las grandes personalidades del siglo XX, como Jacqueline Kennedy, Wallis Simpson, Carolina de Mónaco o su gran amiga Audrey Hepburn. El recorrido dedica un capítulo especial a esta fructífera relación profesional y de amistad que se inició en 1954 y se prolongó durante toda la vida de la actriz. Audrey vistió sus diseños en algunas de sus películas más conocidas, como Sabrina, Una cara con Ángel o Desayuno con diamantes.

El recorrido empieza con un primer espacio dedicado a mostrar los comienzos de la Maison Givenchy, en 1952, con piezas destacadas de la que fue la primera colección en su propia casa de costura. Destaca entre ellas la famosa blusa Bettina, llamada así en honor de una de las modelos más bellas de la época y buena amiga del diseñador, que constituyó el primer gran éxito en su carrera y un primer paso en su consolidación internacional. A la blusa Bettina le siguieron otras creaciones surgidas de una imaginación adelantada a su tiempo, como unos vestidos de noche con el cuerpo suelto que podían llevarse también con falda o pantalón; elementos intercambiables que se dejaban a la imaginación y estilo de las clientas para combinarlos entre sí, de ahí su nombre: Separates. Una fantástica selección de vestidos cortos, piezas de indumentaria en piel y delicados trajes en seda y lamé protagonizan las salas siguientes para mostrar una de las principales enseñanzas de su maestro Balenciaga, la importancia de los tejidos. Este trabajo con los distintos materiales junto al tratamiento cromático que les daba, por ejemplo a las pieles, hicieron de él un diseñador innovador y rupturista, pero sin perder nunca de vista la elegancia y la sencillez esencia de su talento. Esta parte del recorrido culmina con una muestra de vestidos que combinan el blanco y el negro, introduciendo ya aquí la que será una de sus mayores señas de identidad: la maestría en el trabajo con el color negro.

El núcleo de la exposición está dedicado a mostrar las creaciones para algunas de sus principales clientas, figuras esenciales para contar y mantener una carrera continuada de éxito a lo largo de toda la vida de un modista. Destacan entre ellas cuatro mujeres icónicas de la historia de la moda que fueron además grandes amigas de Givenchy. Muchas de las piezas exhibidas forman parte de la historia del cine y de la memoria visual del siglo XX, como el vestido que llevó Jackie Kennedy en la recepción oficial que dio el general De Gaulle durante la visita oficial a Francia del presidente de los EE.UU., John Fitzgerald Kennedy, en 1961; o el vestido negro de Audrey Hepburn en la película Desayuno con diamantes, de ese mismo año. Junto a otras creaciones que Givenchy realizó para numerosas actrices y películas, estos vestidos subrayan la importancia del cine en la carrera del diseñador como excelente plataforma de proyección internacional.

A continuación, el recorrido avanza a través de una selección de trajes que muestran el trabajo preciosista y artesanal en bordados y muselinas, presentes en piezas como los déshabillés, hasta llegar a otra de las señas de identidad del estilo Givenchy: la elegancia en el uso del color. Es aquí donde se puede observar de forma especial la influencia en sus diseños de los grandes pintores de la historia y cómo ha sido capaz de trasladar y transformar lo expresado en determinados lienzos, como las dos obras de Sonia y Robert Dealunay presentes en este espacio, haciéndolos suyos y dando lugar a algunas de sus creaciones más destacadas. Estas conexiones continúan en la sala siguiente, donde se establece un diálogo directo entre cuadros de Miró, Rothko, Ernst, Fontana o van Doesburg con algunos de sus vestidos más espectaculares.

Dos de los más importantes conjuntos de creaciones por los que alcanzó mayor fama internacional, los trajes de novia y los vestidos de noche, son los protagonistas absolutos del siguiente espacio. Una selección de estos extraordinarios vestidos de novia, permitirá apreciar de nuevo el carácter innovador y rupturista de Givenchy en perfecta sintonía siempre con la belleza intemporal de la elegancia clásica. Y frente al blanco inmaculado de los trajes de novia, otra de las cimas de su talento: las creaciones para la noche, donde el negro, su color fetiche, destaca por encima del resto de tonos. Fue Givenchy quien consiguió por primera vez una maestría inigualable en el trabajo impecable del color negro con la culminación y popularización del famoso ‘little black dress’. En estos vestidos de aparente sencillez es donde mejor se aprecia la pureza de líneas y volúmenes que el maestro Givenchy sabía dotar a sus creaciones bajo la permanente influencia de Balenciaga. Ante la atenta mirada de las grandes top models de los años ochenta fotografiadas por Joe Gaffney, el recorrido termina con unos trajes llenos del glamour de aquella época, uno de los últimos grandes momentos de la historia reciente de la moda.

Además, un nuevo ciclo de cine acompañará también esta excepcional exposición. Se han programado una decena de películas que se podrán ver los sábados, con acceso gratuito, desde mediados de noviembre hasta que finalice la muestra. Una cita ineludible para cualquier amante del mundo de la moda y el cine.

 

El infinito romance entre el cine y la moda

La unión entre la moda y el séptimo arte no es algo nuevo, de hecho es algo tan antiguo como el propio invento de los hermanos Lumière. No se puede negar que las producciones cinematográficas han influenciado enormemente a las tendencias de la moda e incluso a día de hoy, se siguen reinventando estas mismas sobre la pasarela. El cine tiene el poder casi único de convertir looks, prendas, accesorios y marcas, en verdaderos iconos de la moda, consagrándolos a la cima a lo largo de todos los tiempos.

Hay que tener en cuenta que antiguamente no había toda la cantidad de información en cuestiones de moda como hoy en día, por lo que para muchos el cine era su única fuente de inspiración. Véase el conocido caso del film Sucedio una noche (1934) de Frank Capra, en donde en la escena final Clark Gable se quita la camiseta dejando su pecho al descubierto. Seguramente ninguno de ellos pensó en las consecuencias del acto, pero este simple hecho provocó una caída del 75% en la venta de camisetas interiores en EE.UU. Alucinante, ¿verdad?. Por suerte para los fabricantes de esta prenda, en 1951 un guapérrimo Marlon Brando lució como nadie una camiseta blanca de algodón en Un tranvía llamado deseo y más tarde, en 1955 un Rebelde sin causa James Dean la convirtió en un verdadero símbolo de rebeldía y sexualidad. ¿Acaso alguien de los aquí presentes no tiene una camiseta de algodón blanco?

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Pronto, los grandes estudios hollywoodenses se dieron cuenta de la repercusión que el vestuario podía tener en la sociedad de la época, por lo que no tardaron en contratar a importantes diseñadores para que crearan mundos de ensueño a través de las prendas. En 1928, la Metro Golden Mayer fichó a Adrian Adolph Greenburg, también conocido por Gilbert Adrian. Un auténtico genio de la aguja que con tan solo 25 años el productor y director Cecil B. de Mille se fijó en sus dotes creativas y decidió contratarlo como Jefe de vestuario de los estudios. Durante sus años en la MGM, Adrian fue el responsable del vestuario de más de 200 películas y de prendas icónicas que sin duda, marcaron el destino de muchos de estos largometrajes. Él creó la bata adornada con diamantes de Margarita Gautier en La Dama de las Camelias (1936), los trajes de seda, terciopelo y encaje del siglo XVIII de María Antonieta (1938), o el maravilloso vestido blanco que lució Katherine Hepburn en Historias de Filadelfia (1940).

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Pero sin duda, su obra más recordada será el vestuario de El mago de Oz (1939) y sus inolvidables zapatos de rubíes rojos con los que Dorothy caminaba sobre las baldosas amarillas para llegar a casa. Tac, tac, tac, tres taconeos bastaron para que la pequeña Dorothy descubriera los poderes mágicos de los zapatos y para que, fuera de Oz, se convirtieran en la viva imagen de la inocencia en el mundo del cine. A modo anecdótico, cabe destacar que en el libro original los zapatos eran plateados, pero en el film se decidieron cambiar el color a rojo para aprovechar el nuevo proceso de technicolor descubierto por aquellos años.

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Pero su mayor obra, con la que alcanzó el gran éxito es, curiosamente, una de las menos recordadas: el vestido de Letty Lynton, creado para la película del mismo nombre de 1932. La película estaba protagonizada por Joan Crawford, que para su desdicha, era extremadamente ancha de espaldas, por lo que Adrian se vio en la responsabilidad de disimular ese ‘defecto’. Para ello, creó un asombroso vestido en organdí de color blanco con enormes volantes en los hombros. El diseño triunfó tanto que los almacenes Macy´s de Nueva York se dieron prisa en clonarlo y en pocos días vendieron medio millón de vestidos. Aunque darle todo el mérito al vestido sería un error, ya que la prenda no habría gozado del éxito que tuvo sin el contexto en el que se creó. El motivo más importante fue sin duda la Gran Depresión, ya que tras el hundimiento económico, los estudios de cine dictaron que las estrellas debían vestir de blanco para dar una imagen de esperanza y optimismo.

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Adrian no tuvo ningún Oscar, básicamente porque este premio no se otorgo hasta 1948. Quien sí se lo llevo fue otra de las grandes dentro del diseño de vestuario en el cine: Edith Heath. Y no una, sino ocho veces de las 35 que estuvo nominada en sus 50 años de carrera. ¡Y eso que a ella todo este mundo le llego por casualidad! Sí, Edith era profesora de francés cuando un día con solo 20 años vio un anuncio en el que se solicitaba modista para los estudios Paramont. No se lo pensó dos veces, se presentó y le dieron el trabajo. Allí trabajó como jefa de vestuario hasta 1967 para continuar su trabajo con los estudios Universal. Edith se convirtió en la diseñadora de las estrellas más aclamada del séptimo arte. Bette Davis, Grace Kelly, Audrey Hepburn o Elisabeth Taylor pedían a gritos contar con sus diseños. Aunque de entre sus 1000 trabajos en cine, hay que destacar el tándem artístico que formo con Alfred Hitchcock. Genialidad y estilo se unieron para vestir a una musa de la elegancia como Grace Kelly en películas como La ventana indiscreta (1954) o Atrapa a un ladrón (1955).

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Aunque si hay una asociación que ha pasado a la posteridad, esa fue la de Audrey Hepburn y el modisto Givenchy. Y es que, ¿quién puede olvidar el vestido negro de Givenchy que lució Audrey Hepburn frente a un escaparate de Tiffany’s?, ¿o el modelo blanco y negro que lució en Sabrina?. Fruto de este binomio surgió el icono de Audrey Hepburn como la encantadora Holly Golightly en Desayuno con diamantes (1961). Una imagen tan solo comparable a la protagonizada por Marilyn Monroe y su vaporoso vestido en La Tentación vive arriba (1955). La actriz llevó el concepto del Little Black Dress a otro nivel, gracias a las memorables escenas de la adaptación cinematográfica de la novela de Truman Capote. Y aunque Audrey no coniguiera el premio al que fue nominada por su interpretación en la cinta, desde luego consiguió algo más importante: su imagen se fijaría para siempre en nuestras retinas con su vestido de satén negro azabache, su gran collar de perlas y su pelo recogido con una tiara de diamantes. Cuentan que Audrey se quedo prendada de la pieza al verla en el desfile de la colección del diseñador y quiso contar con la prenda para la película. El director del filme, Blake Edwards, dio el visto bueno al vestido porque le gustaba su escote y encargó tres vestidos idénticos por si había algún problema durante la filmación. Gracias a ello, hay tres piezas iguales en el mundo, de las cuales una está disponible para exposiciones, otra está en manos de Sean Ferrer, hijo de la actriz y una tercera fue donada por el modisto al escritor Dominique Lapierre y subastada en Christie’s el 5 de diciembre de 2006 con fines benéficos, alcanzando la cantidad de 607.720 euros, el precio más alto jamás alcanzado en subasta por una prenda cinematográfica.

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Y de la feminidad de Audrey a la masculinidad de Diane Keaton en Annie Hall (1977). Ropa vintage, pantalones holgados, sombreros, chalecos, corbatas… el look que hoy conocemos como tomboy se lo debemos a este clásico de Woody Allen. Y si hay alguien a quien le debemos uno de los trajes más repetidos en cualquier fiesta de disfraces, es sin duda al look Olivia Newton John en su escena final de Grease (1978). ¿O habéis ido a alguna fiesta donde no haya una pareja disfrazada de Sandy y Danny?

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Los años 90 también nos dejaron vestuarios memorables como el de Julia Roberts en Pretty Woman (1990), los maravillosos vestidos de Kate Winslet en Titanic (1997) o los diseños de Jean Paul Gaultier en El Quinto Elemento (1997), entre muchos otros.

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Ya en nuestro siglo, en 2007 hubo un vestido que dejó boquiabiertas a miles de mujeres: el maravilloso vestido verde de Jacqueline Durran que llevó Keira Knighley en Expiación, considerado por la revista Times como el vestido más deslumbrante de la historia del cine. Por cierto, Jacqueline se llevó el Oscar en la categoría de Mejor Vestuario el pasado año por su excelente trabajo en Anne Karenina.

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Pero no podemos terminar nuestro repaso del affair entre la moda y el cine sin mencionar a los accesorios que se convirtieron en iconos de moda gracias a sus apariciones en la gran pantalla y que arrasaron en ventas debido a ello. Por lo menos, Ray-Ban es claramente la marca de gafas de sol que más veces hemos podido ver en el cine y que, seguramente, más se haya visto beneficiada. Aunque si hablamos de gafas icónicas, esas son las lentes en forma de corazón usadas por Sue Lyon en Lolita (1952) de Stanley Kubrick. Gafas que, curiosamente, sólo aparecen en el cartel promocional de la película. En cuestión de sombreros, sin duda se lleva la palma la boina lucida por Faye Dunaway en Bonnie and Clyde (1967), que llevó a numerosos jóvenes a copiar el estilismo de la película de Arthun Penn y por tanto, poner de moda este característico accesorio. Los guantes de Gilda (1946), el bikini de Úrsula Andress en 007 contra el doctor (1962), las Asics de Kill Bill (2004)… son otros claros ejemplo de accesorios que han pasado a la historia como complementos icónicos en el mundo del cine.

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No queda duda de que el séptimo arte y la moda viven en un romance permanente y este domingo, seguro que nos deja gratas sorpresas dentro y fuera de las pantallas en la 86 Edición de los Oscar. Este año, las cinco películas nominadas a Mejor Vestuario son La gran estafa americana, The Grandmaster, El Gran Gatsby, 12 años de esclavitud The Invisible Woman. Para El Gran Gatsby, Miuccia Prada ha sido la encargada de diseñar las 40 piezas, inspiradas en colecciones de Prada y Miu Miu, con las que Carey Mulligan se transformó en Daisy Buchanan. Michael Wilkinson (300, El hombre de acero, Watchmen) trabajó mano a mano con el director David O. Russell para la creación de los espectaculares diseños de La gran estafa americana. El diseño de la indumentaria para The Grandmaster cuenta con el magnífico profesional de la industria William Chang Suk Ping, que consigue así su  primera nominación a la estatuilla dorada. No obstante, su trabajo es más que conocido en el continente asiático, gracias al diseño artístico de producciones como In the Mood for Love (2000) . El vestuario de 12 años de esclavitud viene de la mano de Patricia Norris, encargada del vestuario de films como Scarface o The Inmigrant. Con ocho semanas para su creación, la diseñadora colaboró ​​con Western Costume para realizar una realista representación del estilo americano de mediados del siglo XIX. Por último, Michael O’Connor es otro de los nominados al Oscar en esta categoría por su impecable trabajo en The Invisible Woman, un premio que ya ganó gracias a sus diseños en La Duquesa (2008) con una guapísima Keira Knightley. 

¿Cuál Ganará? Pronto lo sabremos…

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El estilo del zumbido

Más de 16 millones de vespas se han fabricado y vendido alrededor del mundo des de que la primera moto salió al mercado en Milan, el año 1946. La Vespa debe su nombre al ingeniero al aeroingenierio Enrico Piagoo, hijo del fundador de la marca Piagoo. Cuando éste vió por primera vez el prototipo dijó: «Anda si parece una avispa». O lo que es lo mismo en italiano: Sembra una vespa.

En aquellos tiempos, este diseño conquistó los corazones de millones de motoristas. Era seductora, barata y muy cómoda sobretodo para las mujeres. Su diseño hacia posible que ellas empezaran a conducirla con falda. Vespa significaba diversión. Sobretodo en momentos muy difíciles para una Europa muy convulsa. Cuando Italia se recuperaba de los bombardeos aliados, la producción modesta de esta moto permitía su comercialización a precios muy competitivos.

Glamour de Hollywood

Las mujeres amaban la Vespa.  Dicen que su aparición en Vacaciones en Roma, la comedia romántica protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck, favoreció la venta de 100.000 modelos. La pareja más glamurosa de Hollywood, por aquella época, se pasaba toda la película recorriendo la capital italiana encima de una Vespa. Y lo único que quería la gente al salir del cine era hacer la mismo: comprarse una Vespa y hacer turismo motorizado por Italia.

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A medida que el precio de la gasolina ha ido subiendo, que el tráfico ha ido embotellando los centros urbanos y que el aparcamiento ha ido menguando, la mayoría de la población ha optado por moverse en moto. Y, a pesar de la competencia feroz, la Vespa ha ido siempre por delante en cuanto a ventas se refiere desde su primera aparición por las calles de Italia.

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Este año, Piaggio ha lanzado su model número 946, una moto que ha vuelto más que nunca a diseñarse en función de su model original. Tiene cuatro veces más poder de grenada y más control de tracción. Y tal como se promocionó have unos años, la empress ha lanzado un poderosa y femenina campaña de publicized con mujeres con pose chic conduciendo la nueva Vespa por Roma. La diferencia entre ells y Audrey Hepburn de 60 años atrás es que estas mujeres no están de vaccines. Ellas usan la Vespa para ir a trabajar. Y así con una visión más actualized, el zumbido de esta Vespa estará presente en las Ciudades de todo el mundo durante muchos años más.

El diseño también está en el asfalto.

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