Etiqueta: Abstracción

Carlos León convierte una iglesia románica en una galería de arte

Una vez más, Carlos León confirma por qué a sus setenta y dos años sigue siendo el maestro de la abstracción. Ahora presenta su último trabajo expositivo ‘De todo aquello‘, para el que el escenario elegido, la antigua iglesia de Santo Domingo, en la localidad de Pedraza (Segovia), impone a sus obras una arriesgada confrontación, un diálogo diferente del que se establece cuando los cuadros se sitúan sobre las impolutas paredes de un espacio expositivo convencional.

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Picasso y Calder, dos artistas para pintar el vacío

El pasado 19 de febrero se inauguraba en París una exposición dedicada a Picasso y Calder. En el mes de septiembre, esta misma exhibición podrá ser visitada en el Museo Picasso de Málaga. Esta es, sin duda, alguna, una de las pocas veces en las que ambos van a compartir algo más que la sala de un museo para mostrar que sus creaciones se complementan a la perfección.

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Abstracción en pleno corazón madrileño

Desde el próximo 17 de febrero y hasta el 27 de marzo, la galería Guillermo de Osma inaugura una exposición dedicada al arte abstracto. En ella, se recogen obras de artistas que forman parte de la historia del arte como Jean Arp, Chillida, Delaunay, Klee, Miralles o Equipo 57.

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Partiendo de la primera acuarela abstracta, que realizó Kandinsky en 1910, la muestra recoge toda la evolución de esta estética. La forma y el color se convierten en la temática más poderosa de este estilo, cuyas bases se encuentran en el arte prehistórico, y que integra los diferentes estados de sensibilidad del espectador para obtener una respuesta comprensiva a través de la obra que observa.

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Este diverso recorrido por las figuras más importantes de la abstracción intenta profundizar en el estudio y la investigación de esa realidad, a través de la obra de cuarenta artistas que recogen y dibujan sus principales investigaciones y logros en el campo del arte, acercándose más a los presupuestos de una exhibición museística que a los de un espacio galerístico.

La pintura ambidiestra de Antonov

La historia de la pintura ha demostrado muchas veces que aquellos a los que llamaban los “antiguos” ya practicaban géneros, técnicas o utilizaban materiales que, posteriormente, se han vuelto a poner de moda. Algo así sucedió con el género de los bodegones. Muchas tumbas reales del Antiguo Egipto muestran copiosas comidas decorando sus muros, con una finalidad totalmente ritualista, y no hay que olvidar las aquellos maravillosos bodegones que aparecieron tras excavar ciudades romanas como Pompeya o Herculano sobre las paredes de muchas villas señoriales. No cabe duda que la palabra bodegón sitúa a cualquier aficionado al arte en el siglo XVII y XVIII, momento en el que se hicieron plenamente populares. Sólo basta mencionar autores como Sánchez Cotán, Zurbarán, Luis Meléndez o Arellano para hacerse una idea de la fama que alcanzaron.

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La idea de captar y plasmar un objeto que no era un ser humano o un paisaje supuso toda una novedad. Pero que además unas frutas, unas flores, animales de caza, un simple vaso de cristal o un plato de loza fueran los protagonistas de un lienzo resultó ser toda una revolución. Hasta entonces, esos “pequeños detalles” siempre habían formado parte de un conjunto pictórico mayor donde el protagonismo lo tenían los personajes que aparecían. El artista Alexei Antonov ha vuelto a resucitar este género gracias a sus virtuosas dotes pictóricas, aunque adaptándolo a la realidad actual.

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Nacido en Rusia en 1957, desde que era un renacuajo de dos o tres años disfrutaba pintando sobre las paredes de su casa con el pintalabios de su madre. Obviamente, su madre no debía de disfrutar mucho con el hobby de su pequeño, sobre todo por el estrés que le debía de suponer esconder su set de maquillaje y no dejarlo a la vista de Antonov. Su pasión por el dibujo le llevó a tomar clases de arte y de canto, otra de sus pequeñas aficiones, y a estudiar en la Escuela de Artes de Baku. Allí tomaría contacto con la pintura realista, impresionista y abstracta. Después complementaría su formación en el Instituto de Diseño de Moscú.

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Sus primeros pasos en la profesión serían como diseñador gráfico e ilustrador para revistas de la agencia Novosti, así como posters de grupos de pop y rock de los ochenta. Sin embargo, su necesidad de ampliar sus conocimientos sobre pintura clásica, sobre todo los maestros Rubens y Van Dyck, le llevó a ponerse en contacto con el artista Nikolai Shurigin, del que aprendería su técnica pictórica. Un viaje a Italia para conocer de primera mano la pintura clásica sería el punto de partida para empezar a exponer sus obras en museos y galerías de su país como artista individual. Pero fue su llegada a los Estados Unidos en 1990 lo que propició que sus obras empezaran a ser solicitadas por coleccionistas privados a nivel mundial.

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Sus obras abarcan desde retratos pasando por paisajes hasta llegar a naturalezas muertas, que conforman la mayor parte de su catálogo. Sus bodegones se caracterizan por emplear frutas, flores, elementos de uso cotidiano e incluso algunos que nos dan una pista sobre su país de procedencia. Su pincelada es suave y delicada, lo que se ve acentuado por el uso de colores cálidos y tonos pastel. La importancia de sus pinturas reside en el detalle y en ir desmenuzando poco a poco los elementos que conforman la obra pero que a su vez forman el todo. Sin embargo, el espectador puede apreciar una sensación de frialdad o distanciamiento con el objeto representado y que recuerda sutilmente las obras del Neoclasicismo. A pesar de ello, sus paisajes resultan mucho más vivos y llenos de movimiento gracias al empleo de las técnicas impresionistas y abstractas aprendidas durante su juventud.

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Antonov resulta así un artista que es capaz de aunar diferentes técnicas, géneros y elementos en sus obras sin perder la unidad con el todo y de expresarlo con ambas manos. Puede que ser ambidiestro no tenga que estar ligado a ser un gran genio de la historia, pero lo que no cabe la menor duda es que su capacidad de expresar lo que hay en su interior y de plasmarlo lo hace con todas las posibilidades y destrezas que ambas manos le permiten, algo de lo que seguro Leonardo Da Vinci estaría encantado.

Una “explosión” surrealista fotográfica

Tiene sólo 19 años y, a pesar de su juventud, ha sabido unir dos de sus grandes pasiones en un solo formato: la fotografía. Aliza Razell nos transporta de nuevo al siglo XX en plena abstracción pictórica y a la vez que nos presenta bellos autorretratos fotográficos de ella misma. Sus obras han dado la vuelta al mundo en pocas semanas. ¿Cuál es el motivo para que todo el mundo se interese tanto por su trabajo?

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Razell manipula en su laboratorio cada una de las imágenes que toma con elementos pictóricos, mezclándose de formas de lo más variopintas. Esas manchas de color producen extraños efectos que consiguen de alguna manera crear algo casi místico y que no puede ser explicado con palabras. Las fotografías están captadas a la perfección en acciones que fluyen de forma natural y con unas tonalidades muy suaves. El paisaje boscoso le sirve para ambientar y a la vez realzar el efecto de viveza que esas manchas de color dan al fondo monocromático.

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Sus imágenes están perfectamente relacionadas entre sí creando secuencias que nos narran historias con un profundo significado. La última de sus series ha sido titulada Anesidora y está formada por dos series fotográficas. La primera de ellas está inspirada en el mítico relato de La caja de Pandora. El mito de Pandora cuenta como la protagonista abre una caja y deja escapar todos los males que aquejaban a la humanidad. Realmente no se trataba de una caja sino de un jarro o ánfora griego. Cuando Aliza destapa la jarra deja salir todos esos colores, con lo que quiere expresar la magia que existe en toda confrontación. La segunda, une una serie de obras inspiradas en el significado de la palabra finlandesa ikävä, que significa echar de menos a alguien o algo.

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El resultado final son una serie de obras que exploran la narrativa más abstracta en la técnica pero mezclada con un fuerte surrealismo en la temática. Una fotografía bella, suave y delicada a la vez que efímera y mágica, que nos traslada a un mundo mítico en un contexto muy real.

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