¿Quién ha dicho que los superhéroes sólo pueden llenar las páginas de los cómics o ser los protagonistas de las películas de aventuras? Superman, Batman, Spiderman, Lobezno… ninguno se escapa a las manos del genio escultor de un italiano que ha expuesto sus obras en Alemania, Austria, Armenia, Estados Unidos, Estocolmo, Francia, España o su Italia natal. El artista, cuyo corazón estaba dividido entre la antropología y el arte, decidió dejarse llevar por Las Musas y ha fascinado a miles de espectadores con sus trabajos. Se trata de, nada más ni nada menos, Adrian Tranquilli.

Todo su trabajo está conectado con los conceptos de imaginación, irrealidad, ficción, pero también con todo lo opuesto y que pertenece al concepto de realidad. Decidió dejarse seducir por las increíbles posibilidades de las formas de expresión artísticas de la cultura actual con el fin de destruir esas mismas estructuras simbólicas, para integrarlas y excederlas y proponer alternativas a las mismas. Para Tranquilli, tanto la cultura como el arte pueden ser consideradas como creaciones. Todo lo que se crea es expresión de la vida humana, va más allá del periodo histórico en el que vivimos y nacemos y continua hasta trascender al mismo individuo que las ha creado.

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En su trabajo ha intentado identificar las estructuras simbólicas de los actuales modelos culturales, que no son frutos inmediatos e inconscientes de esta realidad como se piensa. La visión del mañana, qué clase de artefactos pertenecen a nuestro tiempo y podrán encontrar los futuros arqueólogos o antropólogos, qué tipo de público visitará un museo de nuestra época son cuestiones que el escultor tiene en mente a la hora de poner en marcha su proceso creativo.

De ahí la necesidad de conocer dónde nacen los principios de otras realidades o dimensiones espacio-temporales. En este sentido, la religión y la idea actual de los superhéroes van unidas, ya que ambas se basan en el principio del mito y de la existencia de otras realidades o estructuras alternativas. Para el artista, bajo este punto de vista, los cómics son muy parecidos a la religión. Así, la realidad es como el “circo imaginario” que definía Alexander Calder donde la imaginación del hombre puede decidir entre múltiples elecciones, relaciones y caminos. En última instancia, la pregunta más trascendental sería a quién pertenece la imaginación y sus reglas. Y Adrian sigue todavía buscando la respuesta como artista.

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Sus superhéroes son como marionetas que necesitan de una mano que tire de los hilos para que cobren vida. Esto va unido al concepto de que el superhéroe es la manifestación de un colectivo, el actual, que necesita ser salvado según la idea que desprende la figura de este personaje de por sí. Pero si el superhéroe necesita de una “mano” para cobrar vida, ¿quién salva a todos los personajes, tanto al colectivo como al superhéroe?  El salvador también necesita ser salvado. Aquí es donde nace la contradicción de un personaje, el del superhéroe, ya que fue creado durante una época de crisis y un tanto convulsa, como fue el periodo de entreguerras en Estados Unidos, para satisfacer esa demanda de “salvación” que necesita un colectivo.

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La prioridad de sus esculturas es introducir al espectador en la exposición, para poder mostrarle nuevos conceptos que modifiquen la idea de superhéroe establecida previamente. Con ello, quiere definir que lo no real es una alternativa a lo que es real, donde la percepción del visitante es relativa ante el concepto de lo simbólico marcado por la escultura. Así, el concepto y la máxima principal de este artista resulta ser que todo es posible y nada es real.