Del mismo modo, las cosas hermosas llaman a otras cosas en la clase de las hermosas, las repulsivas llaman a otras en la clase de las repulsivas. Esto proviene del modo complementario en que se corresponden las cosas de la misma clase. Las cosas se llaman unas a otras, lo igual con lo igual”. El Taoísmo recoge una peculiar forma de entender la realidad y la naturaleza de todo lo que nos rodea, fruto de un profundo entendimiento del paisaje y el ambiente del que formamos parte y que ya los filósofos chinos supieron captar con gran inteligencia. También el concepto de belleza es muy diferente al ideal clásico que emana de la filosofía griega. Esta forma equilibrada y serena de calificar la realidad hace que las obras artísticas que provienen del Lejano Oriente sean mucho más profundas, siendo recogidas con una mirada cargada de serenidad por parte del espectador.

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Las acuarelas de Harusaki Suisai  están realizadas por dos artistas, Saki Kanta y Saki Yoko, ambos residentes en la ciudad de Fukuoka, en Japón, donde tienen instalado su estudio. Kanta se inició en la ilustración pero después cambió su técnica hacia la acuarela, un campo que le permitía muchísimas más destrezas y una mejor expresión de su sentimiento artístico. Por su parte, Yoko siempre ha desarrollado la acuarela en sus obras desde que iniciara sus estudios de diseño en la ciudad de Kyushu Zokei.

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Llama la atención que las obras de estos dos jóvenes artistas estén muy vinculadas a la tradición japonesa, la denominada técnica Sumi-e, aunque se ha unido a la técnica europea y al color de la acuarela tradicional. Esta antigua elaboración pictórica de Sumi-e se originó en China pero fue adoptada y rebautizada por los japoneses bajo esta denominación. Su principal propósito es representar sobre el papel todo elemento que en la naturaleza tenga vida, siguiendo así los principios de la filosofía taoísta a la que se vincula.

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Este método pictórico requiere de unos años de estudio, desarrollo y práctica. Lo primero de todo, para llegar a ser un buen artista, es preparar los materiales con los que se va a pintar y aprender a manejar el pincel y el agua para después empezar a crear motivos sencillos a través del trazo de flores, árboles, y al final poder realizar complicados paisajes. Para llegar a este punto, hay que llegar a dominar los cuatro caballeros de la pintura: la caña de bambú, la orquídea, el ciruelo y el crisantemo. Esto se consigue bajo años de práctica y esfuerzo para dominar el completo ceremonial al que se debe esta técnica y que es fruto del respeto de una sociedad por la práctica artística.

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Posiblemente sea ese respeto el que determina el cuidado y el refinamiento con el que se expresan las obras artísticas de este lado del planeta. Cualquiera puede practicar en su casa y con materiales baratos el arte de la pintura. No es necesario llegar a desarrollar una gran obra de arte para poder practicar y con ello expresar una mirada íntima y personal la vida a través del papel y la acuarela. Por ello, el arte de estas latitudes es mucho más reflexivo, particular y suave.

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Y esta última cualidad se observa no sólo al interiorizar los principios del taoísmo, basados en el respeto a la naturaleza y la vida en general. También en el uso de colores mucho más armónicos y en sintonía con el espíritu del artista.

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Una obra que sirve para contemplar y deleitar a los sentidos, que requiere una profunda reflexión y mimetización con lo representado y que consigue un efecto de calma, paz y armonía, uniendo la técnica de la acuarela con la tradición pictórica japonesa en un alarde de belleza y suavidad.