Durante el pasado mes de marzo, una desconocida Hong Yi colgaba en Instagram una serie de fotos titulada 31 días de comida creativa. Ni a Cuatro se le podía haber ocurrido una temática tan original para realizar un 21 días… para poner en apuros a Samanta Villar o su predecesora. En muy poco tiempo, la serie fotográfica dio la vuelta al mundo gracias a los medios, que no se resistieron a difundirlo.

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Pero, ¿quién es Hong Yi? Nacida en Malasia, sus padres tuvieron que abandonar China con la Revolución Cultural durante los años sesenta. Graduada en arquitectura por la Universidad de Australia, empezó a trabajar para una firma cuya sede estaba en Shanghai: Hassell. Fue en esta ciudad donde las musas le concedieron la gracia de la inspiración y decidió empezar a crear arte a través de la experimentación con materiales ordinarios, de la vida cotidiana, que son ignorados como elementos de expresión artística. Conocida como “la artista que no pinta con pincel”, sus obras han llenado páginas en el Huffington Post o en el Wall Street Journal, en la CNN y la NBC, entre otros. Ha trabajado para empresas como Hewlett Packard, Nespresso o Mercedes Benz. Muy en activo en las redes sociales, intenta hacer llegar su arte a todos los rincones del planeta.

Su trayectoria profesional ha sido reconocida durante este año con los premios Esquire Magazine’s 12 Brilliant Malasyans’ y el Perspective Global Hong Kong 40 under 40 Designers’ Award.

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¿Qué sorprende en las obras de esta artista? Con elementos tan simples como una hoja de escarola, huevo, arroz, perejil, zanahoria… es capaz de crear originales dibujos en un plato. Sus temáticas llevan ecos de la cultura china en su concepción del paisaje y de la representación de la naturaleza, eso sí, poniendo en práctica el sentido de la perspectiva o profundidad en el espacio heredada de su formación arquitectónica. Sus creaciones van desde figuras que recuerdan el mundo infantil y fantástico de la literatura asiática hasta representaciones arquitectónicas o figuras humanas, pero siempre ligado a sus raíces.

Eso sí, hay que dejar claro que no son obras culinarias, sino simplemente piezas visuales o plásticas, con una finalidad artística que no nutritiva. Para eso, tenemos a los mejores chefs de talla mundial en nuestro país, como Ferrán Adriá, Juan María Arzak o Quique Dacosta.