Con la llegada de la estación más fría del año comienzan toda serie de celebraciones para dar la bienvenida al período más querido y festejado. Muchas fiestas se van sucediendo a lo largo de una quincena que engloba los momentos más entrañables para la mayoría. Estas celebraciones vienen realizándose desde hace siglos, bajo diferentes denominaciones, pero todas ellas tienen en común una cosa: con ellas se festejaba la llegada del solsticio de invierno.

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La fiesta nórdica de Júl comenzaba con éste mágico y especial momento, con una duración aproximada de 13 días, que luego fue cristianizada  y convertida en lo que hoy conocemos como Navidad. En ella se sucedían las celebraciones, ya que comenzaba el período en el que el Sol ganaba horas del día a la noche y con ello la luz volvía  a restablecer el equilibrio para la llegada de las siguientes cosechas y la primavera. Y es esa luz la que constituye el elemento clave de toda esta tradición que incluso, hoy día, la seguimos venerando en forma de luces que adornan las calles y los árboles de Navidad.

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La dicotomía entre luz y oscuridad es una constante en todas las culturas alrededor del planeta. La primera se identifica con todas las cosas positivas que podemos encontrar mientras que la segunda evoca todo lo negativo o pernicioso que hay a nuestro alrededor. En las religiones, la luz representa la verdad y la oscuridad la mentira  o el engaño. Así que, aprovechando estas fiestas en las que muchos toman unas vacaciones para descansar y divertirse, otros prefieren reflexionar sobre todo lo que ha acontecido en el año para tomar fuerzas y comenzar el siguiente.

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¿Qué mejor manera que hacer este profundo ejercicio de reflexión a través de la meditación y así también renovar las energías y purificarlas para comenzar el año con buen pie? Los mandalas del artista Asmahan Mosleh buscan no sólo un efecto práctico a través del ejercicio de la meditación, sino además ser un elemento decorativo útil y bonito.

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Sus obras se caracterizan por el uso del dorado, un elemento clave de la cultura bizantina cristiana y que representaba la luz y la verdad, identificándose con la figura de Cristo. Ese uso de los dorados fue asimilada por las culturas orientales convirtiéndose en un símbolo más con el que identificarse. Sin embargo, no sólo el uso de este tipo de pigmento llama la atención. El artista es capaz de emplear entre 8 y 54 horas de seguido para completar sus obras. Un esfuerzo que tiene como resultado unos mandalas armoniosos, decorativos y muy particulares, fruto de un alma en conexión con el Universo.