A pesar de la distancia, la sabiduría japonesa ha conseguido aderezar con el aroma de su espiritualidad y su vasto conocimiento a un mundo occidental reacio  a abrir horizontes hacia la influencia oriental. Sin embargo, en ocasiones, los europeos, presos del caos y el pragmatismo que nos caracteriza, eliminamos toda resistencia y nos rendimos ante su tentadora invitación de sumirnos en la cautela y la tranquilidad que promete. Ésta también es la esencia del Ikebana, el arte floral milenario japonés que trasciende hoy en día los ámbitos del diseño y la decoración para aproximarnos a la belleza de la armonía y el contacto con la naturaleza, sentimientos profundamente arraigados en la cultura japonesa y de los que dan fiel reflejo sus proverbios.

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Etimológicamente, el término ikebana proviene de ikeru, mantener vivo, y hana, flor, aunque también es conocido como kadō: por un lado, ka, que también hace referencia a la flor y que implica una senda. Es decir, ikebana es el camino de las flores. Sin embargo esta disciplina abarca mucho más que la mera técnica de “realizar arreglos florales” ya que se trata de utilizarlo como vehículo que transita por una senda espiritual. Más allá de su función estética, se usa como método de concentración, meditación y expresión, cualidades que ya asumimos sin vacilación desde otras formas de arte japonés más conocidas, como la ceremonia del té, la caligrafía o la poesía tradicional haiku.

Sus orígenes reposan en las ofrendas que se realizaban a los espíritus protectores de la naturaleza aunque posteriormente se utilizó para brindar a Buda algo más sublime y extraordinario que simples flores y pétalos. Sutileza, sofisticación, perfección… tras cientos de años de historia hoy en día las bellas composiciones de ikebana son verdaderas obras de arte que transmiten con sencillez la sensibilidad de sus creadores.

El minimalismo es la clave de las composiciones florales ya que una ardua y desordenada profusión decorativa romperían el equilibrio que caracteriza a esta disciplina. Estas obras efímeras, que simbolizan a la perfección el paso del tiempo, ofrecen sugerentes formas, ya sean verticales, horizontales, inclinadas o en cascada, siempre desde la concepción de la armonía del conjunto.

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El punto de partida creativo se apoya en el kenzan, un objeto que, situado en el fondo de la composición, sirve para la sujeción de ramas y flores de diversos tamaños que serán modificados y adaptados – con las tijeras, alambres y cintas típicas de floristería- para adecuarlo al estilo y diseño buscados por el artista. Según afirman los expertos, la clave reside en ensalzar el contraste de especies botánicas y evitar la similitud tanto cromática como en cuanto a la textura y forma de las plantas elegidas.

Partiendo de ese origen, se disponen los elementos con un diseño radial bajo la vital premisa de evitar que se crucen y trabajar cada pieza de forma individual, sin exuberancias ni exageraciones. Más allá de estas claves, tan sólo resta dejarse guiar por la delicadeza del artista, sumirse en la espiritualidad y creatividad a través de esta técnica, para crear una obra de arte.

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Dado su carácter milenario, resulta harto complicado seleccionar tan sólo algunos artistas destacado en el mundo del ikebana, sin embargo, se acentúa la presencia de numerosos artistas occidentales que se han rendido a los encantos de esta técnica, como Baiko, nombre japonés que otorgó la Escuela Sogetsu de Japón, todo un referente en la materia, a la artista Astrid Stadt al obtener el título de maestra (sensei) de ikebana. El sello con el que firma sus obras hace referencia a la flor del ciruelo y simboliza la perseverancia frente a la adversidad. Similar trayectoria ha tenido Sharon Stuart que ofrece diseños que en los que busca fusionar estructura, espacio y naturalismo, poniendo énfasis en los conceptos de perfección lineal, color, armonía, espacio y forma. Una digna mención merecen las sutiles composiciones de Keith Stanley, cuya dedicación ha dado como fruto su primer libro de fotografías, 365 días de Ikebana, sembrado de composiciones marcadas por una belleza y sutileza que ha germinado y mimado durante todo un año.

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Una de las más curiosas interpretaciones de este arte japonés surge con las personales obras de Dale Chihuly que plasma en cristal las inspiradores formas propias de las composiciones de ikebana y que dotan a sus creaciones, algunas de más de seis metros de altura, de un estilo muy personal marcado por la riqueza del color, la simetría y exuberancia vegetal.