¿Cómo eran las ciudades mucho antes de que nuestros abuelos hubiesen nacido? ¿Qué edificios albergaban antes de conocer los que actualmente hay en el trazado urbano? ¿Cómo han ido cambiando los que se conservan con el paso de los siglos? Al observar el mapa de cualquier ciudad se puede comprobar que el casco antiguo es el núcleo a partir de que se articula. Pero si lo comparamos con cualquier mapa antiguo, incluso remontándose unos cuantos siglos atrás en el tiempo, el aspecto de las mismas es más que un espejismo. Si las ciudades cambian, sus edificios también. Muchos de ellos siguen en pie a lo largo del tiempo, otros van desapareciendo sin dejar rastro alguno de su existencia. La fotografía es el medio más eficaz para comprobar el cambio de cualquier lugar, el ayer y el hoy, el antes y el después. Y ella es la protagonista del artículo de este domingo, mostrando la evolución y el cambio de grandes obras del siglo XVIII y XIX a lo largo de los años. Monumentos que marcan e identifican ciudades, pueblos e incluso naciones.

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La Exposición Universal que se celebraba en París en el año 1889 debía ser todo un acontecimiento mundial. Por una parte, París debía mostrar la magnificencia de la ciudad, después de la remodelación promovida por el Barón Haussmann y un Napoleón III muy interesado en dar una nueva imagen más moderna y menos medieval, caótica y poco segura; por otro, la exposición debía contar con un elemento característico, único y por el que fuera recordado durante décadas. Además, la fecha coincidía con uno de los momentos históricos más importantes y de los que más orgullosos se sentían (y sienten) el pueblo francés: el centenario de la Revolución Francesa. La labor del ingeniero Auguste Eiffel y de sus colaboradores supuso uno de los mayores hitos de la llamada arquitectura del hierro, con una torre realizada en su totalidad de este material que alcanzaba los 300 metros de altura, siendo el edificio más alto del mundo hasta que en el año 1930 se construyó el edificio Chrysler en la ciudad de Nueva York. Después de sobrevivir al incendio provocado por las autoridades alemanas durante la ocupación del sitio, esta construcción es visitada al año por más de 200 millones de personas y continúa siendo uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad y del país galo.

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El crecimiento de las ciudades, gracias a la Revolución Industrial que tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo XVIII, llevó a ampliar la extensión de sus límites para acoger a la emigración proveniente del campo en los recién creados suburbios situados extrarradio. La mayoría de ellas tuvo que modificar su trazado para recoger el exceso de población que sufrieron debido al auge de las fábricas. En el epicentro del nacimiento de este fenómeno, en la ciudad de Londres, se tuvieron que acometer muchas reformas que continuaron más allá del siglo XIX. Y es dentro de este contexto cuando a mediados de este siglo surge la necesidad de crear otro medio de paso que permitiera cruzar el río Támesis más allá del Puente de Londres. Era obvio que esta construcción debía estar en consonancia con éste último y el estilo gótico florido tan característico de los ingleses. Por ello, se organizó un concurso para elegir la mejor propuesta que terminó ganando Horace Jones. El diseño propuesto fue un puente levadizo, que permitiera el tráfico portuario por todo el río desde el mar, de 244 metros de longitud y unos 65 metros de altura. Estaría flanqueado por unas torres, en consonancia con el estilo medieval que se buscaba, y constaría de una maquinaria hidráulica que abría y cerraba el puente a los navíos de mayor altura. La Tower Bridge de Londres es así uno de los monumentos más transitados y más queridos por los británicos. Tal es su impronta que durante los últimos Juegos Olímpicos celebrados en la capital inglesa albergó los famosos aros que los caracterizan.

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La necesidad de comunicación entre distintas partes de la ciudad llevó a la construcción del conocido Puente de Brooklyn. La isla de Manhattan y el distrito de Brooklyn necesitaban de un medio de unión para favorecer el tránsito de carruajes, mercancías y personas a través del río Este que todos los días atravesaban los trabajadores de la ciudad. El ingeniero John Augustus Roebling diseña un puente de unos 2.000 metros de longitud a realizar en cemento, acero, caliza y granito. Pero un accidente durante la construcción del mismo le ocasiona la muerte, siendo su hijo Washington quien tomas las riendas del proyecto.  Las torres que decoran y resisten parte del peso de la megaconstrucción se realizaron en granito y el arco apuntado de sus vanos indica que el neogótico fue el estilo utilizado. En la actualidad, es el símbolo por excelencia de la ciudad de Nueva York, cuyo perfil se utiliza en muchas fotografías y recuerdos de este sorprendente lugar.

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Uno de los monumentos más llamativo y único que se encuentra en la ciudad de Barcelona es, sin duda alguna, la Sagrada Familia. La mayor obra del arquitecto Antonio Gaudí, y también la que más años de trabajo le llevó, quedó sin finalizar debido a su trágico fallecimiento cuando al pasar las vías férreas fue atropellado por un tranvía. La obra de este genio de la construcción hay que entenderla desde la perspectiva del movimiento modernista y del Art Nouveau que se desarrollaban a finales del XIX por toda Europa. Incluso habría que añadir que su obra no podría ser entendida sin el papel tan importante que ejerció su mecenas, Eusebí Güell. El templo fue concebido con una planta gótica basilical de cruz latina, con cinco naves, siete capillas y una girola, dentro de un bosque de columnas que se alzan a 170 metros sobre el suelo. La única fachada que llegó a levantar el arquitecto fue la conocida con el nombre del Nacimiento, la cual llegó a componer personalmente. La falta de documentación detallada después de su fallecimiento no permite conocer cuáles eran los planes que tenía Gaudí para el resto del edificio. Sólo conocemos el paso de diversos arquitectos que quieren terminar este grandioso edificio que se construye a base de limosnas y donativos.

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Por último, uno de los edificios más populares y conocidos de la capital madrileña es sin duda alguno el que alberga el reloj que está situado en la Puerta del Sol. Este edificio fue mandado construir por Carlos III como oficina central de correos en el año 1768, y aunque la obra se atribuye a Marchet, la concepción del edificio original ya rondaba la mente de Fernando VI y el arquitecto Ventura Rodríguez ya había dado los planos para la ejecución del mismo. En un principio no alojaba ningún tipo de reloj en su parte central superior. El reloj se encontraba ubicado en la desaparecida Iglesia del Buen Suceso que, para disgusto de los madrileños, era bastante impuntual en sus horas. Este se pretendía instalar en la Casa de Correos cuando se derribó la citada iglesia, pero al final se realizó uno nuevo por obra de Tomás de Miguel. El que alberga en la actualidad fue realizado en Londres e inaugurado en 1866 y con una puntualidad inglesa suele dar las campanadas de fin de año cada 31 de diciembre.