El punto «G» de la vida

Somos lo que… ¿Mostramos?  ¿Contamos? ¿Ocultamos?

No resulta raro el boom de las redes sociales si te paras a analizarlo detenidamente. Criados en un sistema que con frecuencia nos bombardea para ser o tener “más” y “más”, como si nunca fuéramos suficiente, llegan los “Likes” de Facebook, capaces de alimentar nuestro ego de forma gratuita.

Es muy probable que en algún momento te hayas detenido a mirar las fotos que suben tus amigos y, aunque sea durante un segundo, se te haya pasado por la cabeza la idea de que “tu vida parece una mierda comparada con la de algunas personas”. Aunque a posteriori transformemos ese pensamiento irracional –Facebook no es la realidad y todos saben que las tetas de la vecina del quinto no son así en la piscina del barrio-, es algo que seguramente a la mayoría le habrá ocurrido pero que costaría reconocer en voz alta.

¿De dónde nace la tendencia que nos empuja a necesitar demostrar a los demás lo bueno que somos en algo para sentirnos realizados? Vayamos más allá. Tal vez incluso te ha pasado en el trabajo, o en el sofá con tu pareja; necesitando que algo fuera admitido y valorado por los demás  para poder sentirte bien, incluso creando una sensación agridulce o malestar si no es reconocido, a pesar de que tú estuvieras contento con el resultado. La sonrisa se tuerce un poco al no escuchar un: “qué guapa estás con ese vestido nuevo”, “has hecho un gran trabajo hoy”, “qué bien ha salido la cena que has organizado”, “te mereces un regalo por ese aprobado”… ¡Cuántas discusiones de pareja habrá resucitado ese pensamiento!

Igual no os asombráis si os contamos que la “necesidad de reconocimiento o aprobación” es algo fundamental para el ser humano, animal social por naturaleza. A (casi) todos nos agrada sentir que gustamos, que hemos aprobado el examen de la sociedad. Por ejemplo “La pirámide de Maslow” trata de recoger de forma muy esquemática cuáles son los escalones para que una persona pueda sentirse plena con su vida: necesidades básicas como comer, de seguridad y protección, necesidades sociales (afiliación), de estima (reconocimiento) y autorrealización. No resulta sorprendente que según “avanza” la humanidad y disminuye el tiempo para querernos bien,  aumenten las patologías asociadas a estas carencias a medida que tratamos de ascender por los escalones de la pirámide (adicciones, ansiedad, depresión etc.).

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Esa necesidad de gustar, de sentirnos aplaudidos por nuestro entorno se puede convertir en algo realmente tóxico si sufrimos carencias afectivas y nos queremos mal.  Intenta apartar la mirada de la pantalla del móvil durante al menos quince treinta interminables minutos y párate a recordar (si puedes) la lista de personas que han pasado por tu vida.

Si encuentras similares relaciones o discusiones, si “siempre te pasa lo mismo”, si con frecuencia sientes que te dan menos de lo que das o que no te reconocen como te gustaría… Bienvenid@, has llegado al punto ideal para empezar a cambiar las cosas. El hombre es el único animal que es capaz de tropezar 3500 veces con la misma piedra y no sabemos si tú te has preguntado el porqué, pero nosotros sí, sobre todo cada vez que tenemos que comprar Betadine para sanar las heridas de las rodillas.

Siglo XXI. Año 2015. Hemos llegado a Plutón pero seguimos teniendo problemas para curar el corazón. A veces nos hemos criado en un entorno que no nos ha cuidado como creemos merecer, hemos podido desarrollar un niño interior muy desvalido o miles de millones de motivos pueden esconderse detrás. Simplemente hemos aprendido a reponernos de los golpes como mejor hemos sabido.

Sin querer algunas personas comienzan a buscar fuera todo lo positivo que ellos no son capaces de ver desde dentro, eso hace que nuestro autoestima se alimente de los “likes” que recibimos en el día a día: en la oficina, de cañas, en nuestra casa, en nuestra familia; cuando no recibimos nuestra ración diaria en ocasiones nos frustramos, nos enfadamos, lloramos, nos ponemos tristes, porque nadie ha sabido ver aquello que a mí me hace sentir más confiado. Puede desmotivarnos o impulsar nuestra motivación para “demostrar” aún más que soy lo suficientemente bueno, y eso a la larga, también pesa. Pesa tanto que  provoca lo contrario al bienestar, conlleva problemas de asertividad, afán de agrado, inseguridades con nosotros mismos, dificultades y conflictos con la gente que nos rodea.

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El respeto hacia uno mismo. Empezar a pensar que soy válido aunque nadie me lo diga. Permitirme los errores, aceptar mis taras y buscar nuevas estrategias para construir y no destruirme. Reconocer nuestras habilidades. ¿Cómo se hace? Es un proceso largo, pero el primer paso es empezar a contarnos la historia desde no sólo nuestros fracasos, sino nuestros éxitos aunque nos parezcan los menos. Focalizar en lo que me ha funcionado y cambiar la estrategia si es necesario. Si quieres algo nuevo, tienes que hacer algo diferente, aunque asuste o cree ansiedad.

La necesidad de demostrar y todas las presiones que suele arrastrar consigo, comienzan a desvanecerse en el momento en el que comprendemos que no tenemos que gustar para gustarnos, lo que nos ayuda a relajarnos, a dejarnos llevar con más facilidad. Todo ello repercute directamente en cómo me relaciono con el mundo y modifica cómo éste se relaciona conmigo –nuestra pareja, nuestra familia, nuestros amigos -, algo que depende fundamentalmente de nosotros mismos porque tenemos mucho más poder del que pensamos.

El amor que eres capaz de darte a ti mismo, será el amor que serás capaz de dar a los demás.

 

 

 

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2 Comentarios

  1. sioni

    Maravilloso artículo. Enhorabuena, una vez más. Me fascina el título que le has puesto. La frase de cierre es la esencia misma de la vida.

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