El infinito romance entre el cine y la moda

La unión entre la moda y el séptimo arte no es algo nuevo, de hecho es algo tan antiguo como el propio invento de los hermanos Lumière. No se puede negar que las producciones cinematográficas han influenciado enormemente a las tendencias de la moda e incluso a día de hoy, se siguen reinventando estas mismas sobre la pasarela. El cine tiene el poder casi único de convertir looks, prendas, accesorios y marcas, en verdaderos iconos de la moda, consagrándolos a la cima a lo largo de todos los tiempos.

Hay que tener en cuenta que antiguamente no había toda la cantidad de información en cuestiones de moda como hoy en día, por lo que para muchos el cine era su única fuente de inspiración. Véase el conocido caso del film Sucedio una noche (1934) de Frank Capra, en donde en la escena final Clark Gable se quita la camiseta dejando su pecho al descubierto. Seguramente ninguno de ellos pensó en las consecuencias del acto, pero este simple hecho provocó una caída del 75% en la venta de camisetas interiores en EE.UU. Alucinante, ¿verdad?. Por suerte para los fabricantes de esta prenda, en 1951 un guapérrimo Marlon Brando lució como nadie una camiseta blanca de algodón en Un tranvía llamado deseo y más tarde, en 1955 un Rebelde sin causa James Dean la convirtió en un verdadero símbolo de rebeldía y sexualidad. ¿Acaso alguien de los aquí presentes no tiene una camiseta de algodón blanco?

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Pronto, los grandes estudios hollywoodenses se dieron cuenta de la repercusión que el vestuario podía tener en la sociedad de la época, por lo que no tardaron en contratar a importantes diseñadores para que crearan mundos de ensueño a través de las prendas. En 1928, la Metro Golden Mayer fichó a Adrian Adolph Greenburg, también conocido por Gilbert Adrian. Un auténtico genio de la aguja que con tan solo 25 años el productor y director Cecil B. de Mille se fijó en sus dotes creativas y decidió contratarlo como Jefe de vestuario de los estudios. Durante sus años en la MGM, Adrian fue el responsable del vestuario de más de 200 películas y de prendas icónicas que sin duda, marcaron el destino de muchos de estos largometrajes. Él creó la bata adornada con diamantes de Margarita Gautier en La Dama de las Camelias (1936), los trajes de seda, terciopelo y encaje del siglo XVIII de María Antonieta (1938), o el maravilloso vestido blanco que lució Katherine Hepburn en Historias de Filadelfia (1940).

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Pero sin duda, su obra más recordada será el vestuario de El mago de Oz (1939) y sus inolvidables zapatos de rubíes rojos con los que Dorothy caminaba sobre las baldosas amarillas para llegar a casa. Tac, tac, tac, tres taconeos bastaron para que la pequeña Dorothy descubriera los poderes mágicos de los zapatos y para que, fuera de Oz, se convirtieran en la viva imagen de la inocencia en el mundo del cine. A modo anecdótico, cabe destacar que en el libro original los zapatos eran plateados, pero en el film se decidieron cambiar el color a rojo para aprovechar el nuevo proceso de technicolor descubierto por aquellos años.

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Pero su mayor obra, con la que alcanzó el gran éxito es, curiosamente, una de las menos recordadas: el vestido de Letty Lynton, creado para la película del mismo nombre de 1932. La película estaba protagonizada por Joan Crawford, que para su desdicha, era extremadamente ancha de espaldas, por lo que Adrian se vio en la responsabilidad de disimular ese ‘defecto’. Para ello, creó un asombroso vestido en organdí de color blanco con enormes volantes en los hombros. El diseño triunfó tanto que los almacenes Macy´s de Nueva York se dieron prisa en clonarlo y en pocos días vendieron medio millón de vestidos. Aunque darle todo el mérito al vestido sería un error, ya que la prenda no habría gozado del éxito que tuvo sin el contexto en el que se creó. El motivo más importante fue sin duda la Gran Depresión, ya que tras el hundimiento económico, los estudios de cine dictaron que las estrellas debían vestir de blanco para dar una imagen de esperanza y optimismo.

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Adrian no tuvo ningún Oscar, básicamente porque este premio no se otorgo hasta 1948. Quien sí se lo llevo fue otra de las grandes dentro del diseño de vestuario en el cine: Edith Heath. Y no una, sino ocho veces de las 35 que estuvo nominada en sus 50 años de carrera. ¡Y eso que a ella todo este mundo le llego por casualidad! Sí, Edith era profesora de francés cuando un día con solo 20 años vio un anuncio en el que se solicitaba modista para los estudios Paramont. No se lo pensó dos veces, se presentó y le dieron el trabajo. Allí trabajó como jefa de vestuario hasta 1967 para continuar su trabajo con los estudios Universal. Edith se convirtió en la diseñadora de las estrellas más aclamada del séptimo arte. Bette Davis, Grace Kelly, Audrey Hepburn o Elisabeth Taylor pedían a gritos contar con sus diseños. Aunque de entre sus 1000 trabajos en cine, hay que destacar el tándem artístico que formo con Alfred Hitchcock. Genialidad y estilo se unieron para vestir a una musa de la elegancia como Grace Kelly en películas como La ventana indiscreta (1954) o Atrapa a un ladrón (1955).

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Aunque si hay una asociación que ha pasado a la posteridad, esa fue la de Audrey Hepburn y el modisto Givenchy. Y es que, ¿quién puede olvidar el vestido negro de Givenchy que lució Audrey Hepburn frente a un escaparate de Tiffany’s?, ¿o el modelo blanco y negro que lució en Sabrina?. Fruto de este binomio surgió el icono de Audrey Hepburn como la encantadora Holly Golightly en Desayuno con diamantes (1961). Una imagen tan solo comparable a la protagonizada por Marilyn Monroe y su vaporoso vestido en La Tentación vive arriba (1955). La actriz llevó el concepto del Little Black Dress a otro nivel, gracias a las memorables escenas de la adaptación cinematográfica de la novela de Truman Capote. Y aunque Audrey no coniguiera el premio al que fue nominada por su interpretación en la cinta, desde luego consiguió algo más importante: su imagen se fijaría para siempre en nuestras retinas con su vestido de satén negro azabache, su gran collar de perlas y su pelo recogido con una tiara de diamantes. Cuentan que Audrey se quedo prendada de la pieza al verla en el desfile de la colección del diseñador y quiso contar con la prenda para la película. El director del filme, Blake Edwards, dio el visto bueno al vestido porque le gustaba su escote y encargó tres vestidos idénticos por si había algún problema durante la filmación. Gracias a ello, hay tres piezas iguales en el mundo, de las cuales una está disponible para exposiciones, otra está en manos de Sean Ferrer, hijo de la actriz y una tercera fue donada por el modisto al escritor Dominique Lapierre y subastada en Christie’s el 5 de diciembre de 2006 con fines benéficos, alcanzando la cantidad de 607.720 euros, el precio más alto jamás alcanzado en subasta por una prenda cinematográfica.

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Y de la feminidad de Audrey a la masculinidad de Diane Keaton en Annie Hall (1977). Ropa vintage, pantalones holgados, sombreros, chalecos, corbatas… el look que hoy conocemos como tomboy se lo debemos a este clásico de Woody Allen. Y si hay alguien a quien le debemos uno de los trajes más repetidos en cualquier fiesta de disfraces, es sin duda al look Olivia Newton John en su escena final de Grease (1978). ¿O habéis ido a alguna fiesta donde no haya una pareja disfrazada de Sandy y Danny?

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Los años 90 también nos dejaron vestuarios memorables como el de Julia Roberts en Pretty Woman (1990), los maravillosos vestidos de Kate Winslet en Titanic (1997) o los diseños de Jean Paul Gaultier en El Quinto Elemento (1997), entre muchos otros.

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Ya en nuestro siglo, en 2007 hubo un vestido que dejó boquiabiertas a miles de mujeres: el maravilloso vestido verde de Jacqueline Durran que llevó Keira Knighley en Expiación, considerado por la revista Times como el vestido más deslumbrante de la historia del cine. Por cierto, Jacqueline se llevó el Oscar en la categoría de Mejor Vestuario el pasado año por su excelente trabajo en Anne Karenina.

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Pero no podemos terminar nuestro repaso del affair entre la moda y el cine sin mencionar a los accesorios que se convirtieron en iconos de moda gracias a sus apariciones en la gran pantalla y que arrasaron en ventas debido a ello. Por lo menos, Ray-Ban es claramente la marca de gafas de sol que más veces hemos podido ver en el cine y que, seguramente, más se haya visto beneficiada. Aunque si hablamos de gafas icónicas, esas son las lentes en forma de corazón usadas por Sue Lyon en Lolita (1952) de Stanley Kubrick. Gafas que, curiosamente, sólo aparecen en el cartel promocional de la película. En cuestión de sombreros, sin duda se lleva la palma la boina lucida por Faye Dunaway en Bonnie and Clyde (1967), que llevó a numerosos jóvenes a copiar el estilismo de la película de Arthun Penn y por tanto, poner de moda este característico accesorio. Los guantes de Gilda (1946), el bikini de Úrsula Andress en 007 contra el doctor (1962), las Asics de Kill Bill (2004)… son otros claros ejemplo de accesorios que han pasado a la historia como complementos icónicos en el mundo del cine.

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No queda duda de que el séptimo arte y la moda viven en un romance permanente y este domingo, seguro que nos deja gratas sorpresas dentro y fuera de las pantallas en la 86 Edición de los Oscar. Este año, las cinco películas nominadas a Mejor Vestuario son La gran estafa americana, The Grandmaster, El Gran Gatsby, 12 años de esclavitud The Invisible Woman. Para El Gran Gatsby, Miuccia Prada ha sido la encargada de diseñar las 40 piezas, inspiradas en colecciones de Prada y Miu Miu, con las que Carey Mulligan se transformó en Daisy Buchanan. Michael Wilkinson (300, El hombre de acero, Watchmen) trabajó mano a mano con el director David O. Russell para la creación de los espectaculares diseños de La gran estafa americana. El diseño de la indumentaria para The Grandmaster cuenta con el magnífico profesional de la industria William Chang Suk Ping, que consigue así su  primera nominación a la estatuilla dorada. No obstante, su trabajo es más que conocido en el continente asiático, gracias al diseño artístico de producciones como In the Mood for Love (2000) . El vestuario de 12 años de esclavitud viene de la mano de Patricia Norris, encargada del vestuario de films como Scarface o The Inmigrant. Con ocho semanas para su creación, la diseñadora colaboró ​​con Western Costume para realizar una realista representación del estilo americano de mediados del siglo XIX. Por último, Michael O’Connor es otro de los nominados al Oscar en esta categoría por su impecable trabajo en The Invisible Woman, un premio que ya ganó gracias a sus diseños en La Duquesa (2008) con una guapísima Keira Knightley. 

¿Cuál Ganará? Pronto lo sabremos…

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1 Comentario

  1. Lucia

    Muy interesante. Enhorabuena 🙂

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