El color del amor ya no es el rojo

Basada en la novela gráfica de Julie Maroh Le bleu est une couleur chaude, La Vida de Adèle cuenta el explícito despertar sexual y sentimental de una joven adolescente amante de la literatura y el arte, con una chica de pelo azul. Azul. El azul es el color de la creatividad, la paz y la serenidad, de la parte más intelectual de la mente, de la verdad, de la introversión y también de la tristeza. Siendo esos los atributos que se le dan a este color, es obvio que no es casualidad que el azul sea el elegido para la representación de la única persona que puede seducir a la cultivada e inteligente Adèle. La personificación del color azul se llama Emma: una potencial expositora de arte, con una gran imaginación y una habilidad especial para la pintura.

Tan primario y a la vez tan distante del color rojo, en La Vida de Adèle el azul adopta además de sus propios roles, el del amor, la obsesión y la pasión.

El azul, por ende, es lo que más llama la atención en los carteles de la película. Normalmente, cuando una distribuidora o productora decide lanzar un tipo de cartel u otro, se basa en el consumo de los distintos tipos de película en cada país o región. Las estrategias de marketing son un importante paso a seguir para hacer del producto un éxito rotundo. Así, un drama puede verse ‘convertido’ en comedia romántica (o a la inversa) con un cartel concreto pensado para una región en especial. Lo mismo ocurre, por desgracia, con los tráilers, y La Vida de Adèle no es ninguna excepción.

Si analizamos algunos de los carteles diseñados para la película en todos abunda el color azul, obvio. Sin embargo ningún cartel representa del todo como debería la historia que después se nos cuenta. Algunos de los diseños, mantienen una misma perspectiva (un fotograma de las dos chicas) sonrientes y adorables, casi como si fueran dos amigas disfrutando de un alegre día de compras, si no fuera por la furtiva mira de Adèle Exarchopoulos a Léa Seydoux en uno de los carteles.

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Otros diseños son algo más atrevidos, en ellos aparecen las dos chicas casi rozándose los labios, dejando entrever la temática del film.

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Llama la atención de manera singular el diseño del cartel en el que aparece Léa Sydoux de espaldas: como poster inspirado en la portada de la novela tiene un pase, pero lo cierto es que en él se omite de manera fulminante el nombre de la protagonista real del filme, Adèle Exarchopoulos, y además, podría atribuirse este cartel a cualquier thriller o incluso a alguna película de sci-fi, géneros ambos con los que la película no tiene nada que ver. Curiosamente este cartel fue el elegido en Estados Unidos.

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El último cartel en salir hasta el momento de la película fue una imagen vacía, sin rostro, donde sólo puede apreciarse una melena azul y unos labios rojos. Quizás este sea el cartel que mejor expresa la película, no porque sea una historia vacía, sino porque es una historia sin dobleces, de una transparencia aplastante.

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La vida de Adèle no es una película de amor al uso. No busca distraer al espectador, ni enredarle en tramas y subtramas y en giros de guión hiperbólicos. Es una historia de amor muy básica, simple y llana, sin complejos y sin tapujos, contada de la mejor manera posible. Un amor que no entiende de razones, ni de sexos, ni de edades. Un amor salvaje, descarnado. Una historia universal, histórica y sublime en la que Kechiche nos acerca al personaje protagonista como pocos directores se han atrevido a hacer, de una manera intensísima, inundando la película de primeros planos, introduciéndonos tanto en los corazones de las amantes como en su dormitorio, haciéndonos partícipes del sexo de una manera que podría hasta resultar incómoda si la película no estuviese tan bien filmada, tan bien escrita y, sobre todo, tan bien interpretada.

Es imposible obviarlo: Adèle Exarchopoulos BRILLA durante tres horas y convierte al personaje protagonista en algo tan grande y tan espectacular que sobrecoge el alma, acongoja, duele. No se queda atrás su compañera de reparto y de sentimientos en el film, Léa Seydoux, la chica del pelo azul que enamora a la protagonista desde el segundo en que sus miradas se cruzan.

El amor, ese sentimiento que nos hace tan humanos e inhumanos a la vez, eso que “por mover montañas” a estas alturas de la vida parece ser algo totalmente conocido, sabido y dominado por todos, es lo que trata de definir La Vida de Adèle. Un film absolutamente verdadero que carece de vergüenzas, de censuras y de trabas y que se sirve como plato caliente sobre la mesa, sólo apto para paladares que se dejen zarandear por un golpe de honradez e integridad como no hemos visto nunca en pantalla.

“Te sigo” dice la canción que baila Adèle en su cumpleaños. Y nos seguirá durante mucho, mucho tiempo, no sólo porque ganase la Palma de Oro en Cannes.

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1 Comentario

  1. Paula

    Soy lesbiana y ver esta película me ha producido un profundo asco y
    rechazo de ver cómo un cabrón morboso nos reduce tristemente a lo mismo
    de siempre: ninguna profundidad, ningún guion brillante, ninguna trama
    ni problemática trascendente…. nada más que 15 minutos de sexo salvaje
    para dar morbo y ganarse a la crítica masculina, y vender una película
    que no es más que pornografía fácil y gratuita disfrazada de la historia
    de amor más increíble jamás contada. De haber sido dos hombres los
    protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría
    recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría
    sido tan brillante para los críticos. Esta peli no ofrece nada más que
    el morbo de la homosexualidad femenina y, sobre todo, las imágenes
    explícitas que lo corroboran. Si la pareja hubiera sido heterosexual y
    si el sexo realista hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta
    película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los
    críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes. Qué
    asco y qué pena.

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