Una de las novedades que trajo la llegada de un nuevo estilo arquitectónico como el Barroco fue la concepción de nuevos espacios a través de la introducción de nuevas plantas. Una de las más novedosas fue el uso de formas curvas, ovaladas y ovoides en la creación de espacios para arquitectura civil y religiosa. El suizo Francesco Borromini supo sacar todo el partido a estos elementos creando edificios que fueron una gran revolución para un estilo que se consagraba en el país cuna del arte por excelencia. Y el uso de estas formas aún sigue muy viva en la actualidad. Tal es así que la firma de arquitectos valenciana Fran Silvestre ha realizado un impactante proyecto de vivienda en uno de los lugares más frecuentados por la alta sociedad de nuestro país.

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Ubicada en la conocida urbanización de Sotogrande, la Casa de los Siete jardines es una concepción diferente de vivienda. El juego de la curva y la contracurva está presente en la planta, cuyo resultado no tiene nada que ver con la arquitectura tradicional. Se consigue una estructura única e inusual que recuerda a las formas de los arcos conopiales que se usaban en el gótico. Se crea así un elemento artificial que encaja perfectamente sobre el terreno donde se ubica.

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El aspecto exterior tiene mucho que ver con la meteorología del lugar y de la cercana Sierra de Grazalema. El fuerte contraste de las zonas más áridas, la marisma y la serranía hacen de la provincia gaditana uno de los lugares con mayor diversidad de paisajes y especies. La gama de los tonos grises está presente en esta construcción gracias a su presencia en la cercana serranía, que dota al paisaje de una solemnidad única. No sólo eso. Esta estructura geológica permite servir de freno a los vientos que llegan del Atlántico y que traen nubes que descargan la lluvia en este paisaje de montaña convirtiéndose en uno de los lugares de mayor índice de pluviosidad de toda la península.

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Además, el uso de la piedra en tonos grises permite una mayor conexión con el paisaje kárstico externo. También se desliga por completo del tradicional color blanco de las casas típicas de estos parajes. Con ello, se consigue una mayor integración en el paisaje que se complementa con la existencia de encinas y alcornoques que abundan en este lugar.

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Al interior, el aspecto funcional y minimalista domina cada una de las estancias que lo conforman. Desde el dormitorio principal, con los elementos más básicos para habitarlo, pasando por el salón y la cocina, cada una de estas habitaciones tiene su propia personalidad y están individualizadas al máximo, salvo por las amplias cristaleras que lo ponen en contacto con la naturaleza exterior y que permite gozar de una amplia luminosidad durante todo el año.

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El resultado es un proyecto donde lo artificial creado por la mano del hombre se funde con el paisaje montañoso que lo rodea, sucumbiendo al impresionante paisaje de fondo que lo conforma, a un lado, la Sierra de Grazalema, y, por otro, el océano Atlántico y la cercana costa africana que se divisa desde su emplazamiento.